Manuel Torres presenta su equipo para las municipales

La Agrupación Socialista de Porcuna ha dado el pistoletazo de salida hacia las elecciones municipales tras la presentación de su candidatura encabezada por Manuel Torres. “Tengo un equipo, ilusionado, unido y trabajador en el que todos colaboramos conjuntamente”.

Medalla de Oro para el pianista Rafael Quero

El experimentado pianista porcunense Rafael Quero Castro será distinguido con la Medalla de Oro del Concurso Internacional de Piano Premio ‘Jaén’ tras la aprobación en el pleno de la Diputación jiennense el pasado uno de abril.

Raimundo Amador, cabeza de cartel en el MíaQué Festival

La próxima edición del MíaQué está de enhorabuena. El as de la guitarra, Raimundo Amador, visitará Porcuna el próximo verano para actuar en el XII MíaQué Festival que organiza la asociación con el mismo nombre.

Paco Moreno, candidato andalucista a las municipales

El andalucista Paco Moreno volverá a presentarse como candidato a los comicios municipales del próximo 24 de mayo por el PA. De esta manera, fue ratificado por la asamblea de militantes celebrada el lunes donde la candidatura presentada por Moreno obtuvo el apoyo unánime.

Las Colgás, vencedoras del concurso de murgas

Las Colgás vuelven a proclamarse campeonas del concurso local de murgas de Porcuna. El joven grupo gana por segunda vez, en tres años, el concurso porcunense. Disfrazadas de aceitunas, Las Colgás hicieron pasar una velada de Carnaval a los más de 400 espectadores.

Hallan el anfiteatro romano de Obulco

Durante la intervención arqueológica previa a la realización de las labores de limpieza se han identificado unos restos pertenecientes a un monumental edificio que, según las investigaciones en curso, pertenecerían al Anfiteatro del Municipium Pontificiensis Obulco.

19 de abr. de 2015

Pensamientos

En algo más de tres años, he tratado temas muy dispares. Desde análisis de algunos juegos concretos, crónicas de los E3, hasta temas de actualidad como las políticas de empresas de la talla de Sony o Nintendo. También he tratado problemas como el machismo generalizado en los videojuegos. De lo que nunca se ha llegado a verter ningún tipo de información exacta es de mi punto de vista concreto de este mundo, de este ocio electrónico.

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Antes que nada, lo que hay que tener en cuenta es que el videojuego como producto, como industria, ha nacido hace relativamente poco. Todavía anda en pañales y no en pocas ocasiones hay que cambiárselos. Su consolidación está estrechamente ligada a los años ochenta, por lo que no llega ni tan siquiera a los 40 años de existencia.

El cine surgió a finales del siglo XIX por citar un ejemplo, por lo que resulta ridículo comparar el grado de madurez que tiene un medio y otro. Si se equipara a otras manifestaciones como las artes plásticas o la literatura, directamente se pierde cualquier tipo de norte.

Dicha juventud queda patente en una más que necesaria maduración, la cual pide a gritos una evolución para llegar a ser un fruto redondo y completo. No hablo en términos visuales, puesto que los gráficos en plataformas como PlayStation 4 o Xbox One son de veras fascinantes, sino en el concepto de jugabilidad y de guión.

Hacen falta nuevas formas de jugar, de manejar a los personajes, de hacer que un título sea totalmente opuesto a otro. Se ha caído en el recurso fácil de mover al avatar con un joystick, disparar con algún gatillo y poco más. No se ha explorado en el campo del realismo, teniendo que curar a los aliados con nuestras propias manos o de alimentarnos cuando pasen determinadas horas de juego, por exponer un par de meros ejemplos.

En cuanto a la historia, otro tanto más de lo mismo. A duras penas se puede encontrar un libreto en el que en el que haya sentimientos de verdad y todas las personas actúen de forma consecuente a su forma de ser. No hablemos ya de auténticos giros argumentales que mantengan al usuario pegado al mando. Hace falta un Charlie Kaufman o un Stanley Kubrick que redireccione y haga avanzar este medio en un camino más profesional.

Resultado de esta precocidad en la que se encuentra, muchos videojuegos caen en vender su producto utilizando como atractivo los bajos instintos humanos: la violencia, la libertad de acción sin repercusiones morales o la atracción física entre otros.

Resulta cansino, hasta grotesco, ver cómo triunfan títulos del tipo Dead or Alive 5: Last Round. A ratos desmoralizante. Ante estas creaciones, no es difícil entender que los videojuegos se consideren todavía, por determinados sectores desinformados e interesados, algo para niños y adultos socialmente inadaptados. Precisamente aquí es donde tengo que parar los pies.

Este grupo de personas suele estar conformado por padres, madres, tutores legales o intentos de todo lo anterior que no se preocupan por la educación de sus hijos y usan al videojuego para excusar sus malas actitudes, fruto de una clara deficiencia de atención.

Todos los títulos actualmente llevan el código por edades PEGI (Pan European Game Information), que determina las causas por las que dicho trabajo se clasifica con un 3+, 7+, 12+, 16+ o 18+. En más de una ocasión, disfrutando de algunas partidas online de The Last of Us –para mayores de 18 años– he escuchado voces de niños lanzando improperios al aire.

El tiempo de ocio de ese pequeño está supervisado –se supone– por un adulto responsable, que debe negarle el acceso a los juegos con contenidos inapropiados para su edad. Resulta obvio que haciendo esto, el infante puede ponerse rebelde y recurrir al pataleo, por lo que es más fácil proporcionarle el cartucho o el disco de turno, tenerlo callado y disfrutar de una reconfortante siesta. Y la culpa luego es de Kratos, que desparrama mucha sangre. Claro, sí, es muy lógico.

No todas las personas que tienen una consideración negativa de este comercio son irresponsables progenitores que descuidan su labor paternal, también hay otro segmento de personas que lo critican sin motivo aparente. Si se les pregunta la raíz de tales pensamientos no saben acudir a una explicación lógica, puesto que en su vida se han puesto ante un mando. Pero este tipo de individuos no merecen que les saquemos más de dos líneas de espacio. Alguien que denuesta cualquier cosa sin probarla pierde la razón antes tan siquiera de alzar palabra alguna.

De todos modos, volviendo al terreno de la autocrítica, ni tan siquiera los mismos jugadores están a salvo de los comentarios prejuiciosos. Si un software es entretenido, tiene una trama más que correcta y unas mecánicas jugables de ensueño pero unos gráficos desfasados, probablemente recibirá una acogida muy irregular y no alcanzará altos niveles de ventas. Es triste comprobar que proyectos de gran calidad se quedan procrastinados a la sombra por haber tenido un apartado técnico desigual.

Se acoja de mejor o de peor grado, una cosa debe quedar clara sobre este pasatiempo: el videojuego es sinónimo de diversión. O, al menos, debería serlo. Ya sea un disco lanzado para PlayStation 2 o Xbox 360, un cartucho para Game Boy Advance o una tarjeta para PS Vita, lo que importa es pasarlo bien con nuevos mundos en los que el jugador pueda explorar y alimentar su imaginación.

Si se incluye alguna opción multijugador online o local todavía mejor, puesto que así se permite una mayor sociabilización e interacción de la persona para intercambiar estas experiencias e, incluso, las vivencias resultantes de las distintas partidas.

No tenemos que olvidar nunca que, como su denominación indica, se trata de un juego, de jugar, tanto nosotros mismos como en compañía de familiares o amigos. Es el hecho de pasar un rato entretenido sin mayores pretensiones.

La mayoría de los videojuegos no van a enseñar valores morales, ni pensamiento lógico. Tampoco van a aportar conocimientos sobre Matemáticas o van a resolver dudas existenciales como el qué hacemos aquí y a dónde vamos: solo distracción y esparcimiento. Pero, ¿acaso no es eso lo que hace la literatura? ¿No cumple lo mismo el deporte? ¿Esperamos ser personas de provecho saliendo a la calle a comprar ropa?

El encender una consola es simplemente una opción tan respetable como otra cualquiera, que debe alternarse con diversas actividades para enriquecernos con todo tipo de vivencias. No porque "la Nintendos sea el mal", sino porque es tan absurdo estar todo el día ante un mando como lo es estar cada jornada esperando la última novedad de Gran Hermano. Solo que por desgracia, esta última elección es más respetable a nivel social.

Por ello, para que quede todo claro, los videojuegos como tal son solo una manifestación artística entretenida que puede proporcionar muchas horas de disfrute, especialmente si son intercalados con otros hobbies diversos.

Con esta explicación sobre mis pareceres, me despido de todos ustedes. Ha sido un placer poder acercarles a la actualidad del videojuego durante todo este tiempo. Gracias por su atenta atención y lectura en estos años. Espero que les haya resultado tan informativa, formativa y entretenida como siempre pretendí que fuera.

SALVADOR BELIZÓN

Melodía de Obvlco (VII)

Porcuna Digital lanza la hoy la séptima entrega de la novela del escritor porcunense, Luis Emilio Vallejo, Melodía de Obulco: el juego de las Muñecas Rusas. El inspector Brown viaja a la Porcuna de los íberos para resolver el caso de un asesinato. Disfruta de los capítulos trece, catorce y quince de esta historia que hará las delicias de los lectores de este periódico.

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Capítulo 13: Tiempo presente, tiempo pasado

Desde hacía seis meses, el inspector Brown, dormía en el piso de Antonio Salas y Juan Ordóñez, compañeros solteros, polis en prácticas. Fue trasladando poco a poco su ropa, sus enseres necesarios. Todo había acabado con Claudia. Siete años, dos hijas. El lógico intervalo de una relación. Conocimiento, enamoramiento, casamiento, procreación y muerte del ideal. La separación fue de mutuo acuerdo. Las causas–efecto: la vida, dos vidas que se hacen de residuos, de repeticiones, de olas idénticas que equivocan su curso continuamente; que revuelven los destinos independientes, los días llenos de pequeñas sombras. Hasta que la marea se lleva los pensamientos y el tiempo se encarga de desgarrar los troncos del varadero.

Brown se sintió perdido durante los meses de aquel proceso doloroso; es decir el de los papeles, el de determinar en qué momento se van a separar unas vidas que sin embargo han quedado atrapadas para siempre por las dos niñas, mitad por mitad. Qué régimen de visitas se iban a establecer con las menores, qué pensión tendría que pasar él, de qué modo seguiría viendo a sus hijas para sentirlas como eran; no unas desconocidas, no presencias puntuales ciertos fines de semana.

Pensó en la paternidad compartida. Lo planteó en una de las reuniones con el abogado. Claudia comprendió. Pero un policía que nunca estaba, ni cuando tenía que estar, que no había aparecido ni por el hospital cada vez que había sido padre, que no podría ni siquiera mantener la promesa de una visita unas horas, tener a sus hijas un día de fin de semana. Porque acabaría entendiendo que siempre el Estado, siempre los casos, siempre los viajes, siempre los destinos inciertos estarían por delante de su vida.

Y en esto estaba, recordó estremecido, cuando lo llamaron aquella mañana, aquel día de descanso, en aquel piso compartido, con la urgencia del doble crimen del Olimpia.

Abrió ahora los postigos de la fonda La Espera, traspuesto, Anita Pérez se había ido a las siete de la mañana ¿Qué hora sería? Miró su reloj technos. Se había quedado dormido, ¡¡las diez, hostia!! Elevó la mirada y al hacerlo, descubrió las pinturas del techo en blanco y negro, aquel paisaje agrisado, la artística decoración de la pensión, y fue entonces cuando tomó consciencia de su situación concreta, recordó los ojos de Anita, su cuerpo tumbado, laxo, como los muertos de los depósitos de cadáveres; él, ahora, en calzoncillos, bocarriba mirando fijamente el techo.

Saltó y entreabrió de un manotazo la puertezuela del balcón a la vez que los duros golpes sobre la madera de la puerta de su habitación, las voces de “Larosá”, lo despertaron aún más. Eclosionó, trasvasó los sucesivos cascarones, aquellas capas interminables, ese otro sueño profundo real de su separación, el recuerdo de sus hijas, aquel asesino del Olimpia, sueño dentro de otro sueño; como si esos días no hubieran sido más que la pesadilla sucesiva del juego de muñecas rusas.

—Lo llaman de Baza una tal Nuria… -La voz de Larosá alejándose, bajando las escaleras, lejana en la pieza de abajo, a pie del teléfono, colgado de la pared, con el cable y el auricular descansando sobre el sillón de mimbre, las gatas maulladoras alrededor de Larosá espantando con su mano las primeras moscas lentas madrugadoras “¡¡miraquécoño de moscas yamismo-echo-el-flick,…putonasgatas…!!”

En efecto era Nuria, se iba directamente hacia Madrid. El comisario Emilio la requería. La banda terrorista había hecho circular un busca y captura; en definitiva ponía precio a la cabeza de Eugenio.

La radio en la fonda La Espera, magullando, estrangulando, filtrándose por la resina de su mirada. “Seis siglos de honor serbio.” Sus ojos resbalando por las agujas de su barba. “En el día de San Vito, el 28 de junio, de 1389, la mayor batalla jamás librada entre el cristianismo y el islam tuvo lugar en Kosovo, al sur de Serbia.” Me van a contar una batallita ahora a estas horas de la mañana. “Los victoriosos fueron los turcos islámicos…”, los buenos claro “… que se lanzaron a conquistar la mayor parte del sur de Centroeuropa hasta llegar a las puertas de Viena…” Mozart antes de nacer de ser tirado a la fosa común. “…Los perdedores de Kosovo fueron los serbios, cuyo imperio medieval está ahora hundido y absorbido por Yugoslavia….” Y ahora dirán por qué llevamos aguantando un siglo a los balcánicos… ”Durante cinco siglos, bajo la dominación turca, los serbios jamás olvidaron…” damnatio memoriae se decía “…la batalla de Kosovo Polje…” el campo de pájaros negros las hurracas siempre a la espera. “…Los poetas la cantaron…”, coño claro, lo chupópteros de siempre los pintores los paniaguados y los perdíos escultores recordaron sus aspectos de valor y tragedia, ¿dónde estarán los historiadores? “…los sacerdotes oraron por los caídos…”, ah bueno estos son, estos son. “Cuando los serbios recuperaron Kosovo de los turcos, en 1912, su ejército se arrodilló y besó este suelo sagrado…” Joder esto es memoria, esto es una buena labor de historiadores o de los cerdotes, sacerdotes…

PARECE COMO si la historia tuviera siempre razón la historia inventada, la que deja rastros a conveniencia, los catalanes, los vascos… ¡¡coño!! Estos andaluces eso es lo que persiguen, inventarse otro lío para justificarse, un lío histórico: Los iberos… Pero Anita es mejicana. Dentro de nada dirán que no son españoles que son iberos, ¿como era…? túrdulos… joder la que se va a liar si Anita and Company prosperan en sus teorías: segadores de Obulco con las hoces pidiendo independencia…

“Ahora, en el sexto centenario del día más importante en su historia…”, …la historia los historiadores, menudo negocio de las mafias… “los serbios acuden desde todo el mundo no sólo para honrar a sus héroes muertos…”, héroes hace mil años muertos, historia… “Sino para reafirmar sus demandas sobre este sitio sagrado”, Cerrillo Blanco: “sitio sagrado”, la que están organizando esta panda… “ante los militantes islámicos”, y yo sin enterarme… “que una vez más quieren el triunfo en Kosovo”,…u Obulco, Obolcón, Bulkuna, Ibolca…. “Los Albaneses”, tengo que bajar… “que florecieron bajo el dominio turco y se extendieron” tengo que bajar ya a las ruinas romanas de Obulco “…hacia el territorio serbio” territorio, prospectar, yacimiento, patria, todo me suena a los mismo… “son ahora una gran mayoría en Kosovo. Muchos desean unificarse con Albania.”

Eso es, aquí está la clave: La puñetera historia, sacada de debajo de la tierra que haga saber a todos la disponibilidad de la leyenda sobre el derecho de todos; y qué más da si todo ha ocurrido hace miles de años…

“Defensores de Europa…” Te estás volviendo loco Brown: Semen retestum malum est. Pero también eyaculatio precox y asiduamente…, lo decían los curas, malísimo para todo… te vuelve gilipoyas total…

“Los militantes serbios, bajo su líder comunista Slobodan Milosevic, se ven a sí mismos como defensores no sólo de su nación, sino de la herencia cristiana de Europa…” Joder hasta al papa lo han metido "En Kosovo, hace 600 años, comenzó a librarse la batalla por Europa, afirmaba uno de los periódicos de Belgrado dominados por Milosevic.” Pero qué cabezas más desgraciás, tanto estudiar pa ná.

Capítulo 14: Los destinos inciertos que se bifurcan

La radio hablaba sola. Llegó, desconectó la radio. Había subido a su habitación de nuevo, tras hablar con Nuria por teléfono, contemplando el arco perfecto de los gatos mientras lo perseguían, aquel arco de los lomos de aquellos hermosos gatos, blancos y negros, hermosos felinos ronroneadores y oscilantes, suaves como plumas de ganso.
Encontró otra vez aquellos papeles desparramados de Alfred, los ordenó. Había dormido al menos dos horas. Ordenó. Una miradita más y me bajo al yacimiento.

“CANTO I
Que todo el exterminio de tu simiente te aplaste a ti, sacerdote, que indagaste buscando la tierra de mis antepasados, profanador de huesos que al sol relumbran aún sobre la pira que no conocieron.”

Le sonaban aquellas frases a algo más que a un sueño heroico de poeta, eran duras, como si a alguien le estuvieran previniendo de una sospecha real, como si aquel sacerdote no hubiera sido el de hace dos mil quinientos años, sino alguien de ahora mismito… vivo y coleando.

“Oh yo, Ridelcos, de la saga principesca de los Túrdulos, hijo de Egotugi, cruelísimo con sus enemigos. Condeno tu sagrada llama en la cual te consumes para siempre, a no sentir la paz del león que sobre tu tumba guarde tu desdicha, que mantiene mi fiero deseo que sobre ti y los tuyos ha caído, …. Yo, pastor ciego de peñas olvidado de las divinidades celestes.”

Bueno –pensó–: mente calenturienta la mía después de todo. Este Alfred se me queda corto: para obtuso un inspector de policía, echo polvo y arrinconado por todas partes… yo mimo coño¡¡

“Yo, que fui príncipe amado de la tierra suave, ondulada y rica de Ipolca. De mis labios al plomo insuflo la vida que no existe, canto al dolor, al recuerdo que no me pertenece, que es vuestro, que no me ha sido recompensado con creces de mi vejez, sino agravio de las manos que tiemblan buscando tinieblas, … esa blanca tierra sagrada del túmulo profanado por ti –¡ Oh Gotelcos ¡ –de mis antepasados, o la suave lana de las ovejas, … y sin embargo encuentro el frío contrapelo de la cabra y el escozor de la zarza y no la miel del vino escanciado, … vinagre mis labios, saliva del mar salado en que este río tornó su cauce.”

Menudo lio de palabras… me voy donde sea ya…- Brown de un salto buscando la calle por la puerta de la Fonda La Espera, despidiéndose de Larosá entre un olor fulminante de matamoscas…

Las doce. !!Hostias¡¡ Se dejó caer hacia abajo por aquella ciudad derramada desde su altura. Buscó la excavación de la Calderona. Llegó casi por instinto al primer corte de la excavación, situado junto a la calle camino de San Marcos, donde, dos montañitas de tierra sobrante, como los pechos de mujeres enterradas, gigantes amazonas, dormían arrimadas al corte arqueológico rectangular, perfecto, lugar geométrico acotado con clavos de hierro unidos por cuerdecitas de plástico naranja. La arqueóloga, Berta, allí vigilante, con su enorme sombrero, su camisa de tirantes, sus pantalones vaqueros cortados a medio muslo, deshilachados y sus botas pardas, dirigía el corte junto a dos obreros agachados, con sus sombreros de paja, sus camisas desabrochadas a cuadros, sus pantalones marfil, sus azadones, sus espuertas mantenidas entre sus pies, cargando tierra sobrante; aquellos dos muros perpendiculares el uno del otro, que sobresalían de pronto de las entrañas de la tierra, como un milagro, entre la perfección del corte vertical de las paredes de tierra del cubículo rectangular; aquellas piedras formando muros gruesos, las bolsitas llenas de cosas dentro de cajas de fruta verdes y amarillas, la libreta a un lado abandonada con las anotaciones del diario, la tablilla con el papel milimetrado, el dibujo inacabado a escala de los muros…

El pequeño auricular en la oreja de Brown, como un moscardón delirante, conectado al transistor metido en el bolsillo de su cazadora vaquera. La voz, ahora sí de Georgina: “30 de Julio. El Consejo de Ministros aprobará hoy, casi con toda seguridad, una subida en el precio de las gasolinas que será de cinco pesetas para la súper y de cinco o seis para la normal por litro. Titulares: Rodríguez Sahagún estrena la alcaldía de Madrid con buenas intenciones…”

Saludó, se descolgó aquel auricular, escuchó la voz de Berta, la arqueóloga, sus explicaciones sobre aquel corte que en sí no era más que la constatación de que la zona estaba ocupada por un barrio de agricultores donde sin embargo, le indicó, habían localizado aquella gran obra pública imponente: “Sí mire aquella oquedad” junto al sector excavado: un aljibe romano de grandes proporciones. Pero el Director estaba más arriba, en el sector noble de la ciudad romana de Obvlco, junto a la Iglesia de San Benito: “Suba de nuevo y al final del camino se encontrará la Iglesia y al lado el nuevo sector excavado de La Casa de Las Columnas”. ¿Y Anita –pensó Brown- estará aún prospectando en Cantarero…?

Capítulo 15: La ciudad sumergida de Obvlco

Brown subiendo por la calle camino de San Marcos: Un clamor, una voz en el vientecillo inexistente por el horizonte de la ciudad:

“Canto la voz de la piedra que descansa dormida, en la cantera y guarda el silbido de la música del cincel, del árbol que deja sus ramas desnudas y da el alma al fuego, del barro blando por el agua, que suave por las manos y los dedos, apretado, se torna en vida… Oh seres irreales de mi sueño, eternos antepasados, tierra por vosotros convertida en cuna de príncipes cruelísimos, bellos, melenudos, dominadores de razas, sacrificios os hacen las divinidades de la tierra donde la sangre corre y se mezcla con el aire y queda quieta sobre los cuencos de las sacerdotisas que luego los heraldos a los vientos comunican…” Aquella voz en off de Alfred, su texto leído horas antes…

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Miró aquellas piedras revueltas, volteadas por los operarios, sacadas, inservibles, desmoronadas rebosadas alrededor de la muralla perimetral de la ciudad romana, aquella tierra llevada, trasladada por los carrillos de mano chirriantes de los operarios, dejadas rodar, aquel montón de ripios, restos del abandono milenario…, buscó al señor Vallejo de entre la masa de los trabajadores, lo vio alzándose con su sombrero, señalar y señalar con insistencia a dos estudiantes algo…

Otra vez Alfred:

“Yo, que la cara luz me niega la aurora en su alba infinita, presiento el frío de las encinas, a la sombra contemplo fieras escenas del pasado, pastor escondido de peñas olvidado, grandes moles que se desprenden del acantilado y que de improviso tornan el terror del cataclismo en paz absoluta.”

La buscó con la mirada (¿Anita?), hasta que sus ojos, allá abajo, por el fondo del valle llegaron a la otra lejana excavación del oppidum de Alcores, la ciudad de los Túrdulos de Ipolca, donde, en la falda de su cerro amesetado, leves cuerpos subían y bajaban, apenas unas manchas (¿Anita?) claras de camisas remangadas y sombreros de paja, como hormigas sumisas, recomponiendo el hormiguero de los antepasados sin descanso, sobre sus botas altas y marrones, sus botijos sedientos y sudorosos, beodos de anís, fríos de muerte antigua… buscó su figura (¡¡Anita!!) de entre todos, aquella figura que deseaba contornear con su mirada, aquel cuerpo recortado con su camisa de tirantes roja, sus vaqueros deshilachados muy cortos muy cortos, aquellos calcetines blancos sobresalientes de sus botas de campo empañadas de tierra nueva: Anita Pérez. El susurro de la historia, la voz de Alfred recitando a lo Alberti aquellos versos:

“Dime luna, dime sol, ¡Oh Elios que todo lo transportas! Sol que desapareces en tu carro coronado y todos los oráculos dicen que de tu vuelta incierta suspiran las vírgenes que te ofrecemos,… sacrificios de la oveja nacida en la luna llena.”

Y desde su posición en la colina, aquel horizonte recortado sobre un mar de trigo segado con potentes cosechadoras, los llanos de Pezcolar, sobre aquel otro mar embravecido de los pueblos circundantes, navegando en su mar blanco como buques derrotados en el pasado de su historia, dormidos, esperando a aquellos intrépidos arqueólogos para ser desvestidos como princesas; una corte de buscadores de tesoros, dispuestos a venderse al mejor postor…

“… ¡Oh, tú, mundo! que sin amanecer, en mí prosigues tu fulgor sobre todo lo que contemplas. ¡Oh rayo divino del grano y la vida! que tu luna haga descansar la luz amarilla que por la psique amamanta malvados conjuros, presencias antiguas.”

Los labios de la tierra, engullendo de nuevo su mirada, mientras por detrás una voz lo sacudió, era el señor Vallejo, silabeando, su nombre por detrás deletreado: “se–ñor–bra–ummm…”

Y una leve sospecha, sobre los versos de Alfred:

“…¡Oh tú, Gotelcos! , maldito seas que osaste destruir mi estirpe para hacer brotar la tuya (como el pájaro ladrón que deposita sus huevos en el nido ajeno y ve crecer su prole monstruosa), más no mi memoria, estirpe eterna, escondida en la entrañas de la tierra, para ser despertada para el infinito, ser mirada, admirada, no por mis ojos, ni los de tus sierpes, no por mis manos, que surcaron sus tibias superficies leves cual la piel del recién nacido, finamente pulidas por el escultor, cálidas cual la lengua del toro…, las entrañas de los sacrificios.”

El Sr. Vallejo palmeándole la espalda, con fuerza, sucio de día, de fatigas, de órdenes y contraordenes. Tenían que parar a cada momento, cada grupo de trabajadores, dirigido por dos estudiantes de historia, lo requerían a cada instante; porque había que tener mucho cuidado a la hora de sacar cualquier indicio, que de ser una prueba válida, podría pasar a no servir si no se extraía adecuadamente y era documentada inmediatamente…

—No le dejan ni un minuto…

—…pero no por nada, sino porque ¡¡no saben…!! Simplemente no saben, y me tienen cabreado… hasta los güevos… señor Bra–ummm…

“…¡Oh sí! algún día serán para siempre abiertas sus luces, contemplada, recordada su verdad sin palabras.”

—Mire, venga para acá, verá lo que le he dicho, Braumm…

El Sr. Vallejo con el brazo sobre la nuca de Brown, obligándolo a caminar, como novios convictos, como camaradas antiguos, siendo mirados por todos los que se sienten observados por el jefe y observadores de todo…

—Ahí viene,…. Ahí vienen –aquel murmullo de los peones más agachados, más dispuestos, más esforzados en su fatigada obstinación, sin entender bien por qué a cada paso aquellos muchachos hacían que parasen precipitadamente, alzasen la mano, gritaran pidiendo ayuda, llegara el señor Vallejo y comenzara una salmodia incomprensible de palabras, agresivas, o suaves otras veces…

“…¡Oh esculturas de mis antepasados¡, suavemente modeladas en el barro negro de Ipolca, que pasadas a la piedra blanca como el mármol lejano tornaba en vida aquella veste triunfadora y sanguinaria de mis padres y abuelos, dominadores sin piedad, nietos de aquellos seres mortíferos con la honda; del cobre, del bronce primeros, hacedores de murallas sólidas como montañas, señores de señores, trituradores de cráneos, feroces entre feroces que, al suave canto del viento agitado por los metales, imponían el compás de los tambores, de las picas que al viento hieren y al fuego ablandan, porque la vida que por ellos transcurrió, en desgracia brilla ahora.”

—Esto es como como si la tierra pudiera hablarles, como si le preguntaran cosas señor Vallejo…

—Verdaderamente lo hace, créame señor Bra–um: cada trozo de piedra, cada cerámica, cada escultura rota nos da la posición relativa con respecto al absoluto de la secuenciación del yacimiento…

“Y yo que fui Príncipe a la muerte de mi padre, puse límite al olvido de los muertos, retornando a su esplendor el túmulo blanco bañado por la miel del muro sagrado de grandes piedras recompuesto, que por el sol, hería las miradas con el brillo del oro y la plata incrustados, … ¡ Oh suave montaña sagrada ¡ que como gavilán planea y se avista desde todos los lugares, para siempre presente en memoria, maravilla de caminantes, que buscan el mar cargados del plomo y el oro, y la cara plata, del cereal que cruje en los serones…”

Miró el fondo del valle hacia Alcores. Anita estaba allí…la de camisa roja.

—Pero a Alfred también le hablan estos socavones… —Por favor señor Bra–ummm… –rugió el Sr. Vallejo– que uno sueñe y escriba poesías bonitas no quiere decir que esa verdad no vaya a ser útil: pero la historia es otra cosa, lo científico es nuestra metodología, nuestro método es la arqueología…

—Algo de verdad hay en lo que escribe… Alfred…

—Un momento… ¿no le habrá dado sus escritos…? ¡Júa júa juá! …pero si eso es lo que hace con todos, para deslumbrarlos. No me esperaba que a usted también…

—A mí me gustan las palabras, las historias bien escritas. Sobre todo escucharlas. Pero obviamente, como sabrá señor Vallejo, sé y conozco lo que es un caso real, y sé diferenciar un poema de un informe…

—Efectivamente usted lo sabe mejor que yo. Todo depende de la pulcritud de la metodología y su capacidad investigadora para que cualquier caso quede resuelto. ¡¡Claro…. Por la cuenta que le trae…!!!–lo giró, lo agarró de los hombros con sus enormes manos huesudas, miró a Brown de frente: Bueno, ahora voy a bajar a Cerrillo Blanco. Venga, Bra–um, y le mostraré un túmulo funerario en plena ebullición. Luego iremos al corte de Alcores: Ya verá “canela fina” la fase del tercer milenio antes de Cristo…

Bajaron. Land rover. Cerrillo Blanco, aquella palabra con otra palabra. Un diminutivo con un adjetivo: Blanco. Encontró a toda aquella gente que conocería después por la noche, desmadrada en el Cantón, juerguista y dicharachera, buscando nocturnos los hilos del alcohol, el tabaco y el sexo oportuno… Allí estaban, sin embargo, reconcentrados, componiendo un grupo perfectamente ordenado e institucionalizado, marcial, una pirámide humana organizada: grupos de obreros con carrillo chirriantes en fila, grupos de estudiantes con las cajas de fruta llenas de bolsitas precintadas con inscripciones, camino del sombrajo de cañas, los land rover que llegaban, recogían las cajas, previamente inventariadas y se las llevaban a la nave de Santa Ana para ser limpiadas y dibujadas, clasificadas, fichadas. Una nube de seres, que como un ejército de hormigas, respondían a un orden perfecto.

Entonces fue cuando vieron salir, a ras de suelo, de una de las zanjas, la cabeza de Unghetti:

—Sr. Vallejo, vuelven a salir más fragmentos escultóricos calzando las tumbas iberas del siglo cuarto.

—Señor Bra–um, venga, que esto también es una investigación criminal en toda regla.

Llegaron presurosos, tropezando, subiendo y bajando pequeños montículos, zigzagueando por entre otros cortes, entre los carrillos de mano de chapa y ruedas chirriantes hasta lo insoportable, porque Brown aún no distinguía, aquello que luego pudo ver como una cavidad en el suelo, delimitada por una serie de piedras verticales, un suelo empedrado, una piedra a modo de columna central que sostenía otras piedras como techo, el cuerpo reclinado de Constantino Unghetti, menudo, con unos guantes, una brocha y una pequeña espátula, rodeado de un coro de ayudantes alrededor.

—Mire, asómense que estos también, al menos ella, sufrió lo suyo. Brown y Vallejo se agacharon, entornaron los ojos para ver en la sombra de abajo. Fue entonces cuando divisaron aquellos dos esqueletos tumbados y fríos y blancos y milenarios. —De cúbito supino derecho, orientación hacia el oeste. –Unghetti–

Miren la gran piedra de la derecha, está calzada por un fragmento escultórico.

—No vaya a llamar a la policía científica, Bra–um, que estos llevan 2500 años aquí quietecitos…muy quietecitos.

—Dormidos parecen. Les falta la almohada –Brown divertido... —Sí, los metían en posición fetal. –Constantino Unghetti.

—Sí, orientados los cráneos hacia el oeste, donde se pone el sol, magia pura. –el Sr. Vallejo. — ¿Y los vestían o los dejaban desnudos? –Brown. — ¿Ve usted este trozo de hierro? es una fíbula, un imperdible, del manto de lino con el que estaban vestidos. Mire le presento a Constantino Unghetti, nuestro hombre clave. Es el restaurador de las esculturas que sacamos en Cerrillo Blanco, destruidas con mala leche pero luego enterradas junto a las tumbas..., total un lio cojonudo…

—Bueno al menos el que le pone las lañas de hierro y les da forma- Constantino

—Él es escultor además. Sin su capacidad para volverle a dar vida a estas figuras destrozadas estaríamos totalmente anonadados y sin norte.

—Pero estos serían pobres porque aquí no hay nada más, no hay tesoro.

—Ajuares esta gente no tenían. Bastante ajuar es llevarse a la tumba a la parienta y romper las esculturas…

—Pero ella estaba muerta como él…

—Más bien no…., mire Sr. Bra–un –y bajó y cogió aquel cráneo blanco y menudo y lo subió y le dio la vuelta– ¿le sorprende ahora el dato?

—Ahora ya no, joder, qué hijodeperra.

—El murió de muerte natural –Unghetti aclarador- pero a ella no la dejaron que envejeciera…

—¡¡Estudiamos usted y yo las dos caras de una misma realidad señor Braumm…!!

—Bueno solo que usted, señor Vallejo, no tiene ya que meter en la cárcel y descubrir al que lo hizo.

—No se crea, no se crea… júa, júa, júa.- Vallejo cacareando divertido. Mientras se alejaban del túmulo aquel entre el tumulto humano y la voz de Costantino dirigiendo a sus obreros.

Antes de comer bajaron al yacimiento de Acores, el cerro amesetado, donde los land rover se disponían ya a ser cargados, dirección a la ciudad con los últimos trabajadores. Burguitos ordenaba las últimas cajas con Anita Pérez. El sol, aquel sol iluminó como soles el encuentro. El Sr. Vallejo llevó y trajo de zanja en zanja a Brown, como el agente inmobiliario muestra el piso al posible comprador. Brown asentía, mientras el último land rover los esperó con Anita y Burguitos. El rudo balanceo por la ladera del cerro amesetado, los vaivenes, los cuerpos mullidos por el verano, deseando llegar al agua, la ducha, la comida, aquella siesta agónica, descubrimiento de cuerpos, que aunque vencidos, se consumen y repiten lo ya repetido, el grito, el estertor, el agarrar al contrario para no caer en su balanceo, para no ser el primero, ser vencido por el otro, en no dejar de ser amado y amar hasta el caos y el agotamiento.

—Esta noche a las diez hay una conferencia, esa que se pospuso ayer, en La Píldora, es un casino de personas mayores, es decir de hombres muy hombres, del campo –Los ojos de Anita antes de bajarse del land rover, la comida colectiva del equipo, la siesta; luego la tarde calurosa en la nave de Santa Ana, lavando cerámica, dibujando perfiles con la diana, ese mundo de jóvenes que mezclan sus vidas con la inconsistente consistencia de no saber que años después añorarán precisamente, este verano, estas risas; la levedad del aire caro de la noche de verano; los grillos, una lluvia de grillos aquel verano y de nuevo La Redonda a las doce, la búsqueda de aquel horizonte, las palabras, siempre ellas mismas ahí, mirando el mar de trigos consumidos, la línea próxima del olivar inmenso y amenazador, como un tiburón que se los quiere tragar, a sus pies.

La Espera. La radio. La siesta. Anita Pérez. De pronto aquellas malditas palabras por la garganta deseable de Georgina:

“Radio Nacional de España. El Comisario Emilio insinúa ante el juez Garzón que revelará datos sobre la cúpula de los GAL.- la voz cansada de Georgina, pausada y difusa, con una textura distinta- Los policías procesados. Imedio y Mínguez rechazan las imputaciones de la Audiencia Nacional.

El comisario Emilio insinuó ayer en la declaración que prestó ante el juez Garzón la posibilidad de desvelar en el futuro la identidad de la cúpula de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Emilio responsabilizó a Garzón de su situación y dijo que caerá sobre la conciencia del juez la responsabilidad de su futuro…”

¡¡Hotias!! Si Emilio habla, lo hará cuando vea todo definitivamente perdido…

…Una leve pausa, respiraciones y más respiraciones… Georgina y Brown ahogados en el mismo mar de presentimientos: “Próximo juicio. Es previsible que el juicio correspondiente pueda celebrarse después del verano, aunque no se puede precisar con exactitud el mes.” Caliente caliente la cosa está que arde. Septiembre será el fin para Emilio y el resto ¿el resto?

LUIS EMILIO VALLEJO

Sueño con África

Me llamo Eugenio Flores. Yo soy quien mató a dos tigres en una finca de Badajoz. Por eso estoy entre rejas. Me acusaron de tres delitos: tráfico de especies protegidas, la muerte de los tigres y la liberación de especies de fauna no autóctona. Todo eso es cierto. No lo negaré. Pero debo decir en mi favor que la vocación por la caza supera con creces mi respeto a las leyes.

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Desde pequeño soñaba con África. Recorría en sueños sus ríos: el Senegal, el Volta, el Zambebe, el Congo, el segundo más caudaloso del mundo, o el Nilo, el segundo más largo del mundo. Mi mundo naufragaba en esos ríos, en los Grandes Lagos, en el desierto de Kalahari, en el delta del Okavango.

Sueño con África desde niño, con la inmensidad de sus tierras, con la luz de sus noches, con sus animales salvajes y libres. No lo niego. Me gustan los safaris. Pero mis negocios no me dejan el tiempo libre que necesito para viajar a esas tierras doradas y calientes. Ésa es la razón que me llevó a montar mi propio safari.

Sólo veníamos los amigos. En fin, no hacíamos daño a nadie. Nos reuníamos allí en la finca Luna Llena para organizar batidas contra tigres o leones o lobos, según. Ésa era nuestra diversión. No hacíamos mal a nadie. Todo ser humano, a su manera, consume los fines de semana, o los puentes, o las vacaciones. Para nosotros, ese rincón de 70 hectáreas era nuestro paraíso. Un paraíso prohibido para los intrusos, cercado para los animales y vallado con una verja electrificada de más de dos metros de altura.

Sólo algunos agentes del Servicio de Protección a la Naturaleza de la Guardia Civil (Seprona) lograron entrar en la finca e interrumpir una de las cacerías. Fue el día que matamos a aquel tigre, el que salió fotografiado sin vida en la prensa. Puede resultar cruel, lo sé. A veces lo pienso y sé que el juez lleva razón, pero la sangre me puede más que la razón.

Ése fue el día en que también encontraron corriendo a sus anchas por la Luna Llena a otro tigre, enjaulado a un león y cinco cadáveres de lobos. No se trataba de una matanza. Era el fruto de una batida. Eso sí, mucho más rudimentaria que aquellas otras de Kenia en las que a poco dejo mi vida. El safari es como los toros. El animal muere, pero el cazador también expone su vida hasta cobrar su trofeo.

Estos meses que he estado aquí enjaulado me he parado a pensar sobre la maldad que hay en esta tendencia mía a matar animales salvajes. Es un delito y con toda probabilidad sea un error por mi parte. Lo sé. Pero por las noches sueño con África, veo su luna enorme encima de mi cabeza, piso las huellas del león o del rinoceronte, huelo su presencia cuando mis ojos todavía no han alcanzado a definir su edad o su peso.

Antes de matarlos, te miran, como si adivinaran tu intención. Te miran dibujando en su mirada la imposibilidad de estar a la altura del rifle que atrapas entre sus manos. Es cuestión de segundos. La adrenalina se derrama a borbotones. No puedes hacer otra cosa sino apretar el gatillo.

Aquí, tendido boca arriba, entre estas estrechas paredes sueño con la inmensidad de África. Yo he construido en mi finca Luna Llena un pedazo de aquel continente. En aquellas hectáreas de tierra yerma he materializado mis sueños. Allí fui feliz hasta aquel inhóspito día en que un vecino se chivó a la Guardia Civil.

Sé quién es, lo buscaré y pagará por ello, porque los sueños son, como dicen ellos, como los animales. No se les debe tocar. Y él lo hizo. Él precisamente, él que cría toros bravos, negros, hermosos, y los condena a ser víctimas legales de la fiesta. Él que los vio nacer y los crió.

Yo, al menos, a los tigres, a los leones, los compro en Holanda, en Alemania, depende, los traigo, los suelto y les disparo. No les doy cariño, como él. Yo no los traiciono. Yo los dejo en libertad y los persigo hasta matarlos. Sólo es un juego. Por eso estoy aquí encerrado, y no me importa. Ya me he arrepentido, pero nunca lo negaré.

Fui feliz mientras disparaba. Son sólo unos segundos que llenas de vida y de muerte, de peligro y de tensión. Después de todo, eso es la vida. ¿Pero quién se lo dice al juez? Él hace su trabajo y puede que después se acueste soñando con África. Es imposible que nadie nunca no haya soñado con África.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de abr. de 2015

Adiós a Eduardo Galeano

El 13 de abril pasado, fallecía Eduardo Galeano, y no puedo más que sentir una enorme tristeza por la pérdida de un hombre al que admiraba profundamente. Él, junto con Mario Benedetti y José Saramago, formaba parte de ese trío de magníficos escritores a los que leía con enorme placer, ya que aunaban la brillantez de sus producciones literarias con sus inalterables compromisos como personas que trabajaban por la justicia, la solidaridad de los seres humanos y por un orden mundial más justo del que nos ha tocado vivir.



A los tres los conocí personalmente. En el caso de Mario Benedetti, mantuve largas charlas con él cuando hace años el Colectivo de Educación y Paz de la Universidad de Córdoba lo invitamos a que viniera con motivo de unas jornadas de solidaridad con América Latina.

Como sabemos, Galeano y Benedetti eran de ese pequeño país, Uruguay, que se ubica entre Brasil y Argentina. Ambos conocieron las terribles dictaduras militares de las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado que se cernieron sobre los países del Cono Sur: Chile, Argentina y Uruguay. Pero ello no fue óbice para que renunciaran a su compromiso social; todo lo contrario, fueron conscientes de que la literatura y la vida no pueden ir separadas, por lo que en sus casos se articularon de manera profunda.

A lo largo del tiempo, he escrito diferentes artículos sobre estos tres grandes hombres que ya no están físicamente con nosotros; no obstante, sus obras son auténticos testimonios que quedan como resultados de unas vidas verdaderamente fructíferas y que, sin lugar a dudas, perdurarán con el paso de los años.

Como pequeño homenaje al escritor uruguayo recientemente fallecido, quisiera recuperar parte del artículo que escribí en la revista Azagala cuando vio la luz en nuestro país su espléndido libro que llevaba por título Espejos. Comenzaba así:

Antes de conocer personalmente a Eduardo Galeano, tuve contacto con su obra a través del primero de sus libros, publicado inicialmente en el año 1971, y que llevaba por título Las venas abiertas de América Latina.



Remontarme al tiempo en el que leí esta historia crítica de la opresión de los pueblos latinoamericanos es como hacer un largo recorrido hacia atrás y traer a la memoria los años en los que todavía era un estudiante que participaba en los movimientos universitarios contra la oscura y extenuante dictadura franquista.

Ni que decir tiene que esta obra suponía abrirle los ojos a uno y acercarlos a una visión muy distinta de la que nos habían contado. Se nos narraba una realidad oculta y distorsionada, pues ahora se hacía desde el punto de vista de los perdedores, es decir, de la de aquellos que no habían podido escribir ninguna página de la historia oficial, dado que siempre las escriben los poderosos y los vencedores.

Desde entonces, han transcurrido nada menos que 37 años para que de nuevo tengamos entre nosotros otra obra de Eduardo Galeano que no sigue las pautas de la historiografía oficial, puesto que a pesar de llevar el subtítulo Una historia casi universal, se lee como si fuera una colección de breves relatos que se entrecruzan para confeccionar un cuadro impresionista lleno de trazos vivos y sueltos, algo así como un mosaico de sucesos pacientemente elaborado a modo de teselas que se van juntando entre sí.

En medio de ambos libros, se encuentran otros diecisiete que el autor uruguayo ha ido regularmente editando a lo largo de los años. En mi biblioteca también se encuentran El libro de los abrazos, Vagamundo y otros relatos, Días y noches de amor y guerra… junto a numerosos artículos que he ido recopilando y leyendo con el paso del tiempo.



Una vez finalizada su lectura, tengo que confesar que he seguido con entusiasmo las casi 600 historias que Galeano nos narra en Espejos. Son pequeñas historias, en ocasiones, minúsculas, que remontándose a los orígenes de los tiempos se entrelazan unas con otras, hasta alcanzar a personajes de nuestros días.

De la obra destacaría tres cualidades: la veracidad, en cuanto que el autor se ha documentado con rigor antes de relatarnos cada una de las historias; la amenidad, puesto que nos cuenta vidas, acontecimientos, hechos, tan variados que pareciera que al llegar al término del libro uno desearía que no acabara nunca; la creatividad, pues para que unas historias narradas con tanta brevedad lleguen a “enganchar” al lector es necesario un gran dominio de la lengua y una singular capacidad de síntesis.

A todo ello habría que añadir su ternura, su admiración y cariño por aquellos que se han rebelado contra el poder injusto, por los que han sufrido sin renunciar a sus ideales, por los que han sido relegados y olvidados a pesar de haber escrito grandes páginas con sus vidas…

Estos son los párrafos iniciales que abrían ese artículo que hace unos años publiqué acerca de Espejos. Una historia casi universal. Y de nuevo los escribo porque, sencillamente, al igual que entonces, aconsejaría encarecidamente al lector o lectora que no lo hubiera hecho que se haga con ese libro pues a buen seguro disfrutará, tal como a mí me sucedió cuando comencé su lectura.

Para cerrar, Eduardo Galeano al igual que Mario Benedetti o José Saramago no se dejaron seducir por los premios literarios que recibieron en reconocimiento a sus publicaciones, tal como suele suceder en este ámbito tan proclive a las pompas y honores. Tuvieron muy claro que su obra era parte de la defensa de sus vidas, de sus ideales, y que no estaban dispuestos de ningún modo a renunciar a ellos.

Esto les engrandece, por lo que siempre vivirán en los corazones de todos aquellos que no solo les admiramos como escritores, sino también como personas que fueron de gran integridad humana.

AURELIANO SÁINZ

La cartelera del Salas

El periodista José Luis Salas, conductor del programa 'No son horas' y Premio "Antena de Oro", comparte con los lectores sus recomendaciones cinéfilas para el fin de semana. Experto en cine de autor, José Luis Salas es un reconocido maestro del periodismo musical y todo un especialista en el Séptimo Arte. No en vano, ha retransmitido para Onda Cero decenas de galas de los Premios Óscars de la Academia de Hollywood, además de colaborar en distintas publicaciones y en portales de Internet dedicados al cine, la música y la crónica social.

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Podrás verlas en tu cine...

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UNA NOCHE PARA SOBREVIVIR

Jaume Collet- Serra nos ofrece otra trama de acción en la que el mafioso y prolífico sicario Jimmy Conlon (interpretado por su actor fetiche Liam Neeson), que antes era conocido como El Cavatumbas, ha tenido mejores épocas. Su jefe y amigo de toda la vida es Shawn Maguire (encarnado por el genial Ed Harris).

Jimmy, que tiene 55 años, se siente perseguido por los pecados de su pasado, así como por el sabueso de la policía que le ha pisado los talones durante 30 años. Pero cuando el hijo de Jimmy, Mike, que vive alejado de su padre, se convierte en un objetivo, Jimmy tiene que elegir entre la familia de criminales a la que había escogido pertenecer y la carnal, a la que había abandonado hacía mucho tiempo.



Con Mike huyendo, la única penitencia por los errores pasados de Jimmy puede consistir en proteger a su hijo del destino al que se ve abocado. Ahora, sin ningún sitio al cual escapar, Jimmy solamente tiene una noche para averiguar a quién debe su lealtad y para ver si, de una vez por todas, puede hacer bien las cosas. Vincent D´Onofrio y Genesis Rodríguez también se apuntan al reparto de esta trama de acción angustiosa.



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LA OVEJA SHAUN. LA PELÍCULA

¡Vuelve la plastilina! Los de Aarmand Animation siguen deleitando al personal, con este filme sacado del cortometraje (spin off) ganador del Oscar 'Wallace y Gromit: Un esquilado apurado’, que protagoniza un singular personaje. Shaun es una oveja muy lista y muy traviesa que vive con sus compañeras de rebaño en la granja de Mossy Bottom bajo la “supuesta” supervisión del Granjero y de Bitzer, un perro pastor con muy buenas intenciones, pero bastante despistado.



A pesar de los esfuerzos de Shaun, la vida en la granja es bastante monótona, y nuestra oveja idea un ingenioso plan para tener un día libre, nada menos que en la gran ciudad, donde no faltaran aventuras y numerosas situaciones de lo más gamberro y divertido.



Otros estrenos de la semana

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LITTLE GALICIA

Director: Alber Ponte. Con Adria Arjona, Paloma Bloyd, Stefano Villabona, Amor Sanchez, Inna Muratova, Teena Byrd, José Ángel Egido, Paulina Simkin, And Palladino, Charles DelGatto, Mabel Rivera, Eric Rizk, Fermí Reixach, Pep Muñoz, y Kristin Vogel. Comedia de enredo, a caballo entre Galicia y New Jersey, carallo.





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LOST RIVER

Director: Ryan Gosling. Con Christina Hendricks, Matt Smith, Saoirse Ronan, Eva Mendes, Iain De Caestecker, Ben Mendelsohn, Demi Kazanis, Barbara Steele, Reda Kateb, Carey Torrice, Garrett Thierry, Cody Stauber, Rob Zabrecky, Nesti Gee y Wayne Brinstone. Una especie de dramática ida de olla de Ryan Gosling, con un Detroit destrozado como decorado para una trama intensa de varias vidas cruzadas.





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LA MECÁNICA DEL CORAZÓN

Director: Stéphane Berla, Mathias Malzieu. Voces originales de Mathias Malzieu, Olivia Ruiz, Grand Corps Malade, Jean Rochefort, Rossy de Palma, Babet, Marie Vincent, Emily Loizeau, Arthur H., Dani, Alain Bashung, Cali, Chloé Renaud, Moon Dailly y Samantha Barks. Animación francesa, y no precisamente para niños, sobre un joven con un corazón mecánico que ha de tener mucho cuidado con el amor.





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REGRESO A ÍTACA

Director: Laurent Cantet. Con Isabel Santos, Jorge Perugorría, Fernando Hechavarria, Néstor Jiménez, Pedro Julio Díaz Ferrán, Carmen Solar, Rone Luis Reinoso y Andrea Doimeadios. Confesiones de un grupo de veteranos en una azotea de La Habana.





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CLAN SALVAJE

Director: Jean-Charles Hue. Con Frédéric Dorkel, Jason François, Michael Dauber, Moïse Dorkel, Philippe Martin, Elie 'Kiki' Dauber, Joseph Dorkel, Violette Dorkel, Max Horne, Maud Le Fur Camensuli, Stéphane Macalou, Christian Milia-Darmezin y Sagamore Stévenin. Un intenso 'Perros Callejeros' o como 'Los Últimos Golpes del Torete' pero hecho gitanos franceses y en el siglo XXI.





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LA FIESTA DE DESPEDIDA

Director: Tal Granit, Sharon Maymon. Con Ze’ev Revach, Aliza Rosen, Ilan Dar, Raffi Tavor, Levana Finkelstein, Hanna Rieber. Nunca la eutanasia fue tratada de una forma tan cercana, natural e incluso simpática. Es una de las que más gusta al público en los muchos festivales por donde ha pasado.





El Blu-ray de la semana

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I FEEL GOOD

Llega al Bluray esta película de Tate Taylor y producida por Mick Jagger, basada en la increíble vida del padrino del soul James Brown. El filme profundiza en la música, la vida y los estados de ánimo del músico, desde su dura infancia hasta que se convierte en una de las figuras más influyentes del siglo XX. Chadwick Boseman borda el papel del genial a la par que violento Brown, junto a Dan Aykroyd y Nelsan Ellis. Los extras incluyen el cómo se hizo, trailers y escenas eliminadas. Este Blu-ray puedes encontrarlo en Acción HD.



JOSÉ LUIS SALAS

El Porcuna CB pide revancha

El Porcuna CB continúa su sueño. Hoy, a partir de las 18.30 horas en el pabellón municipal, el equipo porcunense tiene una cita con la historia del deporte local para asaltar al CB Sierra de Andújar y ascender a la Liga Nacional. El equipo se clasificó ayer para la final ganando por 83-72 al UB Bailén. El presidente del Porcuna CB, Nicolás Vallejos, explicó en el programa de radio local La Tertulia pidió “el apoyo de todos los porcunenses para cumplir el objetivo”.

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El Porcuna CB busca la revancha ante el CB Sierra de Andújar. El equipo iliturgitano fue el verdugo de los de Juan Moral en su última final disputada, en la temporada 2012/13. De esta manera, los porcunenses buscarán esta tarde saldar cuentas ante su público y ascender a la Liga Nacional.

La fase final de la Liga Provincial comenzó ayer con la victoria del Porcuna CB ante el UB Bailén por 83-72. La otra semifinal, se disputó el Andújar debido a problemas de última hora, consiguiendo el partido los locales ante el Villanueva de la Reina.

Así, Porcuna y Andújar se verán las caras hoy en el pabellón municipal. Un lugar que esta tarde será la fiesta del baloncesto provincial.

M. J. MOLINA / REDACCIÓN

17 de abr. de 2015

Los nuevos esclavos

Por el título de este artículo quizás creáis que os voy a hablar sobre la explotación de los niños en la India, o de las mujeres en algún país de África. Pues no es así, os voy a hablar de trabajadores y trabajadoras españolas. Seguro que muchos de vosotros conoceréis ejemplos cercanos de personas que están sufriendo la situación que os relato a continuación. Yo voy a utilizar un caso muy próximo a mí para denunciar la laguna legal existente en España en los supuestos en los que la empresa deja de pagar.

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Un amigo muy querido lleva un año sin cobrar. ¡Un año con sus doce meses! A esto hay que sumarle que él no es ni mileurista, por lo que, como os podéis imaginar, sus ahorros eran bastante escasos. Si uno gana 900 euros y tiene que pagar hipoteca, luz (las facturas de la luz me parecen una verdadera vergüenza y un abuso), agua, comunidad, teléfono (aunque sea mínimo), contribución (aunque somos pocos los que contribuimos a las gambas de los de arriba) y, cómo no, comer y vestirse, el resultado es que no puedes ahorrar.

Pues ahora tu empresa no te paga, un mes, otro mes y otro mes. Desesperado, pides ayuda a la familia y amigos, y ante la oscuridad que vislumbras en el horizonte, decides demandar y recurres a los tribunales para que te protejan, que se supone que para eso están, y no para resolver si Belén Esteban ha insultado o no a la mujer de Jesulín.

Pues sacas dinero de debajo de las piedras y pagas a un abogado para que presente la demanda (por cierto, gracias señor Gallardón por hacer que la justicia sea una cosa de ricos). Tú lo que pretendes es que te paguen y si no, que no te obliguen a ir a trabajar gratis cada mañana y tarde, y que puedas acceder a cobrar tu desempleo que para eso llevas treinta años cotizando (en el caso de mi amigo, tiene más de 50 años).

Pues agarraros que vienen curvas: el juez desestima que dejes de ir a trabajar y eso que has presentado todas las pruebas que constatan que hace un año que no te pagan y que la empresa no tiene viabilidad. En cristiano: que no tiene futuro.

Todo esto lo pides como medidas cautelares mientras sale el juicio, para el que tendrás que esperar un año, es decir, otro año sin cobrar. Y entonces yo me pregunto: ¿qué quiere el sistema? ¿Cómo se le puede obligar a alguien a trabajar gratis durante dos años? ¿Eso no es esclavitud? ¿Por qué no se le concede la rescisión del contrato y que pase a ser un parado y pueda acceder a la prestación por desempleo?

Yo, señores y señoras, no lo entiendo. Es más, me parece más propio de un país tercermundista que de esta España nuestra que, con tanto esfuerzo, tratamos de mantener. Indignada, así es como me siento.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ A.

16 de abr. de 2015

Modesto Ruiz de Quero, el Caballero y la Torre

Cuando Modesto Ruiz de Quero, el Caballero de la Torre Nueva presintió su muerte, salió de su casa de la calle Salas en donde estaba su patio con su fuente cuadrada, revestida con los azulejos de las escenas del Quijote, aquellas escenas que enseñaba a sus sobrinos, señalándolas con el lapicero de su dedo índice mientras los hacía leer en el libro de Cervantes las mismas escenas de los azulejos mientras los chorrillos del agua buscaban cántaros que llenar o bocas a las que apagarles la sed.

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Salió de sus agrimensiones desperdigadas por los mapas rectilíneos de los planos, acuarelas sin colores por donde andaba Porcuna metida en sus secuencias milimétricas y en sus números chiquitillos y en sus dibujos escolares, y a su lado un violín Stradivarius que sólo tocaba el viento en las horas de la siesta con su melodía de adagio de Albinoni o su sonata de Paganini, en que todo parece tan quieto, en donde nada se improvisa, y en donde los ecos de los antiguos ayeres susurran como en un rumor de aguas las historias que nunca se cuentan, porque sólo pueden ser historias vividas, cuando no, historias soñadas: encajó la puerta sin echar la llave para que no se cerrara del todo, acarició sus maderas oscuras y las huellas dejadas, y las grasas del tiempo de los siglos, y el rumor callejero de los pasos que lo saludaban como extrañados, y se fue para la Torre Nueva para despedirse de su novia de toda la vida, de su novia eterna, que allá la estaba esperando en su inquietante siempre quietud de piedra, fuerte, alta, delicada y elegante como una novia de altar dispuesta siempre para los anillos, adolescente siempre y enternecida cada vez que hacia ella subía Modesto Ruiz de Quero, su defensor a ultranza, su salvador sin medida, su predicador en el verbo, en los hechos y en las protestas de las cartas, su adorado amante ya viejecillo, por la que ella vivía a través de los ojos del agrimensor menudo, encorvado, caballero sin caballería aunque en su defensa había utilizado todos los caballos y todas las correspondencias, su aristócrata casquivano y misericorde que un día le abrió las ropas de sus puertas para estarse dentro de ella como si fuera una novia madre, una novia vientre acogiendo dentro a su sumo caballero defensor, al que la rescató de las malas manos para entregarla a Porcuna y salvarla para siempre.

Como en el realismo mágico o maravilloso de las escenas literarias sudamericanas, donde los espíritus ancestrales de los augurios danzan sus invisibles, metafóricas, elegíacas, idílicas, épicas y bucólicas danzas, despiertan las premoniciones, los embrujos y los hechizos de las tribus selváticas no contaminadas por los conquistadores, y van andando entre todos los presentimientos que traen la lluvias, los milagros y los adioses, cuando Modesto Ruiz de Quero presintió la sublime voz de la despedida perpetua, caminó hasta la Torre Nueva para decirla adiós, para despedirla, y no sólo a la Torre que fuera su novia eterna, su compromiso marital, genial y sublime, sino para acariciarla en sus piedras que sólo para sus manos, que sólo para las manos de Modesto Ruiz de Quero eran piedras cálidas, piedras sexuales y sensuales, y piedras comprometidas, y su compromiso más legal y más elegante, más luchado y más genial de las luchas con Porcuna, de Porcuna, y desde Porcuna, y sus batallas más contra todo aquel o aquello que se le pusiera por delante y no tuviera como misión la defensa del Patrimonio de Porcuna, ese mapa amplio que nos identifica como pueblo, nos ayuda como protección y nos expande como historia o como mundo: ese grito magnánimo que sale de nuestro ayer y de nuestra presencia en nuestro ayer para dibujarnos más armoniosamente comprendidos, y absolutamente biografiados.

Con el paso lento de la vejez a cuestas, presintiendo y hasta presumiendo de sus adioses en cada paso andado, como aquel que quiere morir muriéndose consciente, agradecido y hasta descansado ya, subió Modesto Ruiz de Quero las estrechas escalinatas del Torreón de Boabdil, su siempre Torre Nueva y femenina, y grácil, y abandonada hasta que él se decidió a hacerle y serle su compañía, a ser siempre su acompañamiento, su voz, sus manos y su mirada, su defensora defensa, su gran hallazgo humanitario, cultural y patrimonial.

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Soportando el miedo al vértigo que siempre hacía mella en los ojos de Modesto, que son los vehículos por donde entran los vértigos y se acongojan las almas temerosas y espantadas, alcanzó Modesto Ruiz de Quero la cima de la Torre, de su Torre, y era así Modesto como la bandera de la posteridad ondulando de viento y de magnificencia, que ya dejó de ser bandera pirata para ser bandera con firmas, y el faro desde el que se podía ver el horizonte tan alcanzado, el largavistas de su sola almena, ese alcor y esa águila femenina mirando todas las posibilidades de las perspectivas, y andaba Modesto como despidiéndose de todas las batallas emprendidas que tantas sangres le hicieron, y que al final fueron batallas de las que salió Modesto victorioso, aunque con tantas heridas que finalmente cicatrizaron bien, pareciendo siempre que serían heridas vivas; luchando contra Tirios y Troyanos , y siendo siempre general en el campo de batalla de los hechos, las obligaciones y las responsabilidades, cuando ni hechos había, ni obligación alguna ni mínima responsabilidad que le respaldaran, pero ahí siempre él, engreído, machacón, poseído por el espíritu sutil y magistral del que nunca supo entender los silencios, aun habiendo silencios tantos. General siempre en la batalla de los hechos porcuneros, del Patrimonio patrio porcunero contra los hechos malvados, contra los hombres sedientos de piedras, de hierros y de bronces para los tesorillos de alacenas, contra los mandamientos que le exigían silencio y unos ojos cerrados y cegados, y un alma compungida, oponiendo siempre Modesto Ruiz de Quero su palabra cadenciosa, su palabra defensora, su palabra comprometida y a la vez, palabra susurrante que abría las orejas como si estuviera predicando una clase magistral ante un auditorio sordo y borracho.

Sobre la rizada cabeza rubia de su Torre Nueva, la tan defendida, Modesto Ruiz de Quero iba dando la vuelta al ruedo de las piedras, mirando los horizontes verdes sobre sus ojos abismales, medidores, cumplidores, y mirando las casas blancas desde la gran altura bajo sus ojos elegantes, perforadores, suplicantes, las calles recorridas, los yacimientos visitados, la fe de su Soledad rescatada del olvido y del oprobio, y la entregada al pueblo como quien dona una ofrenda floral a la santísima de San Benito.

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Quitándose el capote imaginario de piedra y Torre de la cabeza de sus hombros, la gorra campechana del campesino de las piedras altas y de las mediciones oculares y agricultoras, despojándose de su capa protectora y tendiéndola a los pies de su pueblo, Modesto Ruiz de Quero, en esa hora en que la magia de lo maravilloso sudamericano le hacía presentir la llamada del Padre, del Padre Voz, del Padre Nube, del Padre Lluvia, del Padre Sol, del Padre Otoño y del Padre Primavera, sacudió de su menudo cuerpo encorvado pero tan erecto, tan firme, tan seguro, las últimas esquirlas de los daños, y le dijo adiós a Porcuna desde el beso de luna pareada de su Torre Nueva, su novia inmortal e imperecedera, su enamorada silenciosa y tan complaciente, a la que sacó de la pobreza, la deconstrucción y el abandono, para vestirla de fiesta restaurándole sus arrugas, sus arroyos y sus cuevas, el velo de desposada que la Torre se quitó ante el altar de la súplica dejando al aire los ojos de sus ventanas, guiñándole a Modesto Ruiz de Quero las pestañas de sus ya tan abiertas ventanas tras tantos años de oxidados hierros y tan oxidados yerros.

Saludó al mundo de Porcuna desde tan altas alturas, desde su altura más alta: bandera, faro, largavistas, como sólo un porcunero ejemplar sabe, puede y debe hacerlo, y quitándose todos los vértigos del mundo derramó su última lágrima, siendo ya más lágrima poética, lágrima metafórica que lágrima dolida.

Modesto Ruiz de Quero era el hombre de las ausencias siendo su presencia tan constante, su voz tan rebelde, sus manos tan ofrecidas; el hombre de las ausencias y de los presentimientos magnánimos y tan guardados, y tan enquistados también, el que, cuando salía de sus agrimensuras y sus peritajes a la calle Salas después de haberle medido a Porcuna todas sus cuadraturas, todas sus calles, todas sus callejuelas y todas sus casitas, se iba a los horizontes más altivos, colocaba a su lado el medidor clásico de su “Teodorito”, y comenzaba a componer las cuentas magnéticas de las melodías de Obulco, las melodías históricas porcuneras, los antepasados números y las antepasadas composiciones teniendo al fondo aquella altura de piedra del centro de Porcuna llamándolo siempre como sólo saben llamarse los enamorados más sublimes.

Modesto Ruiz de Quero era el hombre de las ausencias y la paradoja del no estar aún estando siempre, el siempre presente, del compañero del alma puesto allí en el mundo del hecho porcunés para pregonar lo que siempre callar parecía. El hombre de las ausencias y el hombre de los silencios que sabía hablar con los ojos y con una sola mirada ponía firmes a todo el mundo para cumplir con sus deberes.

El hombre de las ausencias y el visitador de los silencios escondidos entre sus siglos adormilados. La Torre como una bella durmiente a la que sólo podían despertar los labios amados, los juglares susurros del hombre que la contemplaba desde lejos y la veía ahí, tan cercana, tan silente, y tan sola, tan abandonada soportando aún el peso cruel de cuando fuera cárcel y los presos se suicidaban, y los vergajos lanzaban sus silbidos al aire como látigos endemoniados.

Modesto Ruiz de Quero visitador de los silencios de la gran cueva, cuando la Torre era una colección de piedra erguida tan ascendente, tan abandonada y tan desconocida, la parte del castillo que quedo como torre del homenaje, como testimonio, pero tan callada. Y ahí estaba el novio del alba de piedra mirando siempre aquella soledad de Torre quieta, tan cerrada, de la que un día se propuso hacerla torre porcunera, monumento del terruño patrio porcunero, moviendo para ello todos los hilos, tensando todas las cuerdas, escribiendo todos los escritos, reclamando todas las verdades que hubiera que reclamar, sin más papeles que la razón, el enclave y la historia, enfrentándose al todo de la indiferencia y al todo de los papeles, y al todo conglomerador del Estado al que se ganaron todas las partidas cuando el Estado intentó vender la Torre a los mejores dineros y a las más caducas contribuciones de los sueños aristocráticos que pretendían hacer de la Torre la morada feudal de una propiedad con escudos y leyendas de caballería, y con todo, cuánta Torre perdida y cuantos terrenos usurpados…

Entonces surgió el visitador de los silencios, el contemplador de la esbeltura egregia de la soberanía porcunera, su gran presencia, su gran símbolo, su gran monumento, y haciendo del todo lo posible por conseguir para Porcuna no sólo una propiedad, sino un cielo abierto y un hogar vivido, Modesto Ruiz de Quero armado ya como el caballero defensor de su dama, la femenina, la pétrea, la duende, la deseada, la confesora, y así, un día consigue al fin que la Torre solitaria, la que no tenía nombre ni tenía lugar en los papeles de propiedad pasara a ser patrimonio de Porcuna como habitante empadronada que era, y así, la esquiva, la solitaria, la soñada, pasó a convertirse en el emblema más estimado de Porcuna, su escudo de armas, su bandera extendida, su patrón y su patronazgo monumental, el don de la piedra siendo ya don tenido y don compartido.

Con los papeles en la mano, subió Modesto Ruiz de Quero para la Torre Nueva y le abrió su puerta para declararla ya la Torre del pueblo de Porcuna; sellados los pliegos, abiertas las palabras, Modesto Ruiz de Quero abrió la puerta de la Torre para dar paso y entrada a la arqueología de los bolsillos, las escondidas piezas de oro de los subterráneos de Porcuna desde aquel diente de tiburón que un día el cantero “Canuto” descubrió en una cantera, se lo puso a Modesto en las palmas de sus manos y a Modesto se le abrió como un enigma y como un cosquilleo de estómago la Porcuna ancestral, la que le iluminó los ojos para crearle a Porcuna la maravilla de sus escondrijos bajo tierra.
Aquel diente de tiburón entrando por la puerta de la Torre ya escrita y descrita como Monumento Histórico Artístico, que le puso a la Torre la cimbra y la música dorada para ser ya la gran dama reconocida, la que, presumía, no sólo de ser la sola imagen de Porcuna sino la que salía en las tarjetas postales para enseñarla al mundo.

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Con la creación del Museo arqueológico de Porcuna, ese gran invento y esa gran vitrina, Modesto Ruiz de Quero y la Asociación de Amigos de Obulco, iluminaron Porcuna para mostrarla, enseñarla y explicarla a los porcuneros la cosa mágica de la arqueología, el carácter magistral de los antiguos pobladores de Porcuna cuando Porcuna tenía otros nombres, tenía otras vivencias y contaba otras historias.

Abriendo Modesto de las casas de Porcuna los secretos de los baúles y de los escondrijos donde se ocultaban las señas de identidad de este pueblo milenario, por el Torreón de Boabdil, su Torre Nueva reintegrada a su pueblo, restaurada en su pulcritud, y abierta a la luz donde antes todo era oscuridad, al interior de la Torre le iba llegando y entrando nuestra historia contada en el libro donde no se escriben las palabras, las enseñas de cuando Porcuna no tenía nombre ni era tierra y sólo mar, las huellas de Ipolca rescatadas, las que nos permitieron exhibir, las que no se llevaron para ser joyas capitalinas dejándonos a nosotros las mínimas pero maravillosas piedras, la huella romana de Obulco conquistando el interior de la Torre con su estela, con su columna, con su capitel, con su escultura, con su moneda, con su labradura, la árabe Porcuna hablando de un Islam tan poco sabido; tesorillos de los descubrimientos increíbles y de las manos dadivosas; tesoros que Modesto Ruiz de Quero iba reclamando por las casas de las calles para pasar de lo secreto y particular a lo amplio, a lo hablado, a lo compartido, a los restituido y exhibido para mirarnos a nosotros mismos en nuestros ancestros.
El hombre troglodita que iba buscando a todas las Porcunas anteriores allá donde se encontraran sus huellas: en los rincones escondidas, en los baúles encerradas, en los mechinales abandonadas, en los expolios vendidas, en los oprobios alimentadas.

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El visitador de los silencios y de los robos y de los siglos escondidos, y el primer cuidador de los misterios y de los tesoros; aquel hombre poliédrico, ensimismado, casquivano, demandador, eufemístico y entrañable, al que las centenarias y milenarias piedras esculpidas, los yerros, los bronces y las monedas se le dormían en sus manos, y entre sus manos las acariciaba para que le hablaran en sus sueños y en sus noches en vela, como sólo saben hablar las piedras a los que las miran con amor en sus sueños de piedras con mensajes, con misterios, con historias, con murmuraciones dentro de la gran roca madre, dentro de la gran piedra madre, dentro del vientre majestuoso, del vientre aclamador de la Torre Nueva, de su Torre Nueva, la rescatada, de la que él , amén de amante, era el compositor musical de su vientre de piedra, el que la removía las tripas para crear sus movimientos, el director de orquesta de esas músicas tan ancestrales y tan sonoras, el abridor del gran libro de la memoria porcunera, el prestidigitador que hacía hablar a las piedras cuando las piedras eran mostradas, el que comparaba las huellas dactilares de Porcuna con sus huellas antepasadas hasta encontrar los lazos familiares, y todo le daba en el resultado de un adn propio, mostrado, vivido y compartido, por el que vivían los nombres y los apellidos allí reunidos ahora en el ocre vientre de las piedras reencontradas y acogedoras: el gran vientre materno de los hechos porcuneros.

Por la casona de la calle Salas, aquellas balconadas, aquellos hierros y aquellas maderas, a la vera de la fuente del patio con las escenas del Quijote, Modesto, en los descansos agrimensores, mientras su hermano Antonio, aquel otro gran luchador, defensor y admirador de los hechos porcuneros de la arqueología, aquel otro medidor de las líneas de Porcuna, contempla el Stradivarius dando sus notas de viento, lee la “Historia” de Heródoto para contemplarse en las palabras viejas que hablan de la construcción del mundo mítico, mientras extrae de esa historia los paralelismos de las palabras necesarias para extrapolarlos a Porcuna y crearle a Porcuna su propia historia tan paralela y tan milenaria, mientras del limonero le llegan los aromas de los azahares amargos, y de los geranios los inciensos ácidos, y le trae el aire la voz amada de la Torre Nueva, de la que es caballero amante y contemplativo, reclamándolo para atraerlo a su clausura y hacerlo penitente de sus confesiones.

Dentro de los muros de piedra de la Torre Nueva, solitario en la acompañada soledad compartida de la Torre, la Torre le cuenta a Modesto Ruiz de Quero sus secretos y sus siglos, y Modesto le habla y le cuenta a la Torre la vida de sus años tan pasados y tan vividos, como estando alrededor de una mesa camilla, cogidos de la mano como dos enamorados que se quieren mucho y se cuentan o confiesan sus biografías.

Por el allá de los tiempos, las presentidas palabras:

***

“A ti te cuento, la escuchadora, que han sido ochenta y tres mis años porcuneros, con sus idas y con sus venidas, saboreando dichas, las suficientes que van a mi conciencia, y no reprochando los sinsabores padecidos, aún habiendo habido tantos en el diario quehacer de hacer de ti, y de lo tuyo, Torre Nueva, la diaria proclama de mis cuitas, mis desvelos y mis desvaríos.

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Que desde aquel ya tan ausente año de mil novecientos catorce, con su Guerra mundial asomando sus garras, hasta este hoy de mil novecientos noventa y siete, en que ya lo contemplo todo como nublo y todo rememorativo, y como diario que se cierra y en su última línea no cabe más que poner los puntos suspensivos del mañana, ochenta y tres años me contemplan cobijados entre estas piedras tan luchadas, el palmo a palmo de esta casa y de esta buenaventura que me hizo caminar los pasos más largos, y soportar las más pesadas zancadillas que eran como cadenas, y si hoy me llaman avanzado de la cultura patrimonial de Porcuna, ya sólo soy un vejete sin fuerzas, pero que un día tuvo tantas para que de ti no huyeran los tesoros, todo lo contrario, para que a ti vinieran los tesoros, todas esas pequeñas pedrerías que se engarzan en tu nombre grande para que hoy todo el mundo pueda contemplarlas, y porque, contemplándolas a ellas, te contemplamos a ti, la siempre altiva y siempre tímida Torre Nueva: la boquiabierta, la tan hablante, la que, ahí aposentada y erecta como un triunfo, como copa ganada y como copa bebida, bendices los ajetreos de Porcuna, pues es tu mano la mano que se posa sobre la cabeza porcunera, la que haces que hacia ti se eleven los ojos para mirarte, y se abran los labios para besarte.

Aquí, tu Modesto Ruiz de Quero, el que te elevó de la nada hasta este todo de hoy en que eres la soberana de Porcuna, el hijo de Manuel de la Cruz Ruiz de Quero, aquel alcalde republicano del treinta y uno, y de Manuela Ruiz de Quero- familiares amándose- la que aún conservaba en su segundo apellido la huella noble de los Ruibérriz de Torres, esa estirpe ya tan asilvestrada, tan fuera de aquí, tan lejanos ya los ecos de cuando su apellido abría todos los salones y daba un no sé qué de rancio abolengo pronunciar esas tres palabras: Ruibérriz de Torres, sonando ya como leyenda y también sonando como una música de olvido.

El liberal este que ante ti posa, Torre Nueva, amante de la cultura y de la historia y de los hechos republicanos como sentimiento y como educación, aquel que de héroe sólo tuvo ser ciudadano del mundo y que luchó por los soleados de la cultura, la intelectualidad y la enseñanza. Sí, republicano porque aquella gran manifestación del Treinta y uno fue la fecha que se alzó sobre lo medievo para crear el progreso y crear la otra distinta España, la que, forzada del vilipendio, el retraso, la afrenta y la injuria, se alzaba creativa para cumplir el mandamiento de la honestidad y el buen reparto con sus mejores virtudes de dar mucho y quitar nada. Pero tan fallada idea, cuando ante mis ojos, a la República se le fue nublando todo, y de la idea primaria y genial que lanzó las banderas a las calles y llenó las escuelas de aprendedores, germinó el anarquismo de las masas confundiendo la libertad con el libertinaje, la mano extendida con la enemiga mano, pero aún con fe los que creímos en esos sus nacimientos de libertad y de compromiso para los nuevos tiempos modernizadores y humanistas, los que creímos en esos años de libertad y ejemplo empujando a la República por los caminos rectos, por los pensamientos éticos, pregonando la razón como el mejor entendimiento y el más eficaz entretenimiento del hombre, hasta que vino lo que tuvo que venir, lo que se mascaba cada día, lo incomprensible, la mano generala y jerifalta que blandió su espada para derramar por los suelos de España la terrible puesta en escena de los miembros desmembrados , de las cabezas carcomidas, de tanta sangre puesta ahí sobre la tierra como un salmo doloroso por donde se abrían todas las cicatrices y la siempre y eterna y patria enemistad de España con sus españoles.

Y yo ahí, el hombre sencillo, el amante de la historia, el cautivado por la cultura y por los libros, el hombre cristiano desde el cristianismo franciscano y humanista, el que le hablaba a los pájaros para nunca dejar de creer en sus alas y de crecer por sus vuelos.
El muchacho aquel sin fotografías que con veinte años ingresó en el Ejército del Gobierno de la República porque era mi sino, mi destino y mi creencia, y porque era mi libertad y mi transparencia.

Y sufriendo, como todos sufrimos tres años de guerra, esos tres años de guerra que se quedaron para siempre en mí como otra piel que de vez en cuando se me abría teniendo yo que cerrar los ojos para no ser más víctima todavía.

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Y cuento que me nombraron teniente del ejército, y que mi tenientazgo sólo fue hacer pan con unos horneros para mitigar las hambres de los combatientes y de las poblaciones. Teniente mandando harinas, sales, aguas y levaduras: grado de tahona bajo las vigas de caña. Galones con dos estrellas para llenarme las manos de blancos y la cara de lienzos blancos, mientras de fuera nos llegaban los truenos de las batallas y todo se hacía tan largo, y todo se vivía tan sangriento, y yo era poeta que componía rimas hasta crear tan doloridos y silenciosos versos, que luego serían otros más silencios, y otros más oscuros.

Que el enemigo avanzaba y que ya estaban las manos muy cansadas, y los cuerpos muertos esperando la bala definitiva: esa bala que hablaba de descanso y hablaba de resignación.

Que se perdió la guerra y se ganó una paz extraña, excepcional, ajena, Torre Nueva, hasta que fuiste tú mi siguiente guerra durante todos mis más años venideros, y esa sí, una guerra ganada cuando todo en ti se hacía imposible, tú, la que estabas ahí diseñándole a Porcuna su fotografía y su lugar más elevado, y sin embargo, no eras de Porcuna, sino la forastera siempre, la que llegó hacía cinco siglos y sin embargo, parecía seguir siendo la extraña, la contemplada pero la ajena: un algo invisible que pretendían vender para volver a crear el feudalismo: la sola cosa sin nombre, pero que al nombrarla, abría las carnes y los libros de Historia.

Que acabada y perdida la guerra, anduve por Francia cruzando aquella frontera por la que huían los vencidos, por el Campo de Refugiados españoles de Neubourg, que no era otra cosa que un campo de concentración más que un campo de trabajos forzados, por donde andaba la otra República, la de los olvidados, tirada por los suelos y alimentada por el hambre, los inviernos y los escombros, mientras nos vigilaban todos los ojos enemigos del universo y ni Dios nos proporcionaba clemencia. Por ahí los esfuerzos derramados, la libertad perdida o volada, la cultura de nuevo en pandereta, y el mañana ahí aún sintiéndolo tan lejano, a sólo dos pasos de la frontera, pero tan ausente, y sin saber qué podía dar de sí esa utopía llamada el día de mañana.

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Que volví a España en mil novecientos cuarenta. Que me dejaron volver a España como si fuera yo el clemente, el perdonado, pero aún por el campo de concentración de Miranda de Ebro compartiendo exilio con los exiliados de interior, hasta que ya, en el año de mil novecientos cuarenta y uno se me ofrece el pasaporte, el salvoconducto y el certificado de buena conducta para volver a Porcuna; y desde aquel día ya también pura arqueología y álbum sin fotografías, hasta hoy, todos los días ante tu presencia, cuando acabados los trabajos de las topografías era tu estatura la que me llamaba como si me hubiera llamado desde el antes de mí y desde el antes de la Historia, como si fueras tú la gran dama a la que había que desposar y que me entregaba sus camelias para que yo se las volviera a ofrecer perfumadas con un nombre…”

***

El hombre preocupado siempre por Porcuna, Modesto Ruiz de Quero, ese sentimentalismo porcunero con siglos de historia y siglos de orígenes que asentaba a Modesto Ruiz de Quero sobre Porcuna para convertirlo en el caballero entregado al linaje de los ayeres salvados, el hombre al que todo se le volvía Porcuna, porque Porcuna era su esencia, como Porcuna era también su conciencia y su ley universal, y era su trabajo y sus luchas sin espadas. El hombre sin ideología, salvo que su ideología fuera Porcuna y su partido político la Torre Nueva. El hombre que no presumía de dineros, ni de genealogías, ni de alcurnias ilustres grabadas en los libros de caballería, salvo que fuera el Quijote su más rancio antepasado, siendo unas veces Quijote para soñar con fantasmas y otras veces Sancho para tirar de la burra y poner el sentido común, pero sí presumía de cultura como si más que cultura estudiada fuera su cultura, cultura autodidacta, esa cultura que no se sabe de donde viene ni por qué te toca con su varita mágica, pero que cuando llega es una fuente clara dando aguas a todas horas como si fueran luces.

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El hombre preocupado tanto por la Cultura de Porcuna, por ese acierto de abrirle a Porcuna los escenarios, como se le recuerda a Modesto Ruiz de Quero creando su aquella Compañía de teatro popular, como una forma de acercar a sus pobladores el entretenimiento con palabras a la antigua usanza y clásica usanza de las corralas con comedias.

El Modesto Ruiz de Quero que le diseñó a Porcuna sus líneas topográficas, y a los campos sus limitaciones, y a la Ciudad de Obulco su justo lugar en el lugar de Porcuna, viviendo de Obulco el silencio de sus siglos hasta hacerlo música de geometrías.

El cristiano humanista que entregó el Viernes Santo al pueblo desvinculándolo de las sangres altivas, en unos tiempos, a pesar de tan católicos tiempos, donde la Semana Santa era un abandono, y un ir las procesiones solas por las calles, con miradas tantas, pero con escasos acompañamientos.

El hombre de la Virgen de la Soledad, Modesto Ruiz de Quero, su otra compañía, su novia santa y mística, la de las cuatro lágrimas y la mirada baja, la del rostro antiguo y las telas negras, y las manos enlazadas como pidiendo clemencia más que oración. La Soledad de la capilla oscura y tan sola en soledad eterna, a la que Modesto Ruiz de Quero puso en sus andas y la entregó al pueblo para que fuera la Soledad de Porcuna, la del barrio de San Benito que es Porcuna toda: la clamorosa cerrando siempre sola la procesión del Viernes Santo, sin nada más por detrás que el silencio de sus lágrimas de cristal dándose la vuelta.

Modesto Ruiz de Quero enseñaba a las excursiones de las gentes niñas y adolescentes los hechos de la aparecida Ciudad de Obulco, su también otro corazón- cuántos corazones y cuantos amores en un solo cuerpo- el que le dio la razón para crear el Museo arqueológico de la Torre Nueva, esas apariciones milagrosas por donde Porcuna se buscaba en sus palabras más viejas y en sus piedras más sagradas, y mientras Modesto Ruiz de Quero explicaba a las juventudes el milagro de Obulco, se las iba atrayendo hacía él para hacerlas también juventudes del Viernes Santo, las juventudes que andearan a la Soledad en lugar de ir la Soledad caminando a manivela, empujada por media docena de jóvenes con melenas, a los que, tras acabar la siempre tardía acabada de la procesión del Viernes Santo nocturno, había que pagarles sus dineros como costaleros asalariados, él, que nunca cobraba nada por descubrirle a Porcuna su pasado y su cultura.

Modesto Ruiz de Quero casó las ruinas de Obulco con la quietud del Viernes Santo para crear una hermandad comunicante, fervorosa y entregada, que iba de la piedra a las Imágenes para ser contemplativos y participantes también.

El hombre que lo quería dejar todo atado y bien atado antes de subir a la Torre Nueva por última vez para despedirse de su novia de toda la vida: la Torre salvada, la arqueología excavada o recuperada, y expuesta, aunque siempre lamentándose de que no fuera expuesta en Porcuna toda la arqueología descubierta, la Torre de Porcuna y para Porcuna, la Virgen de la Soledad salvada de su silencio y entregada al pueblo, y la Semana Santa emergiendo de sus antiguayas y de sus viejas vestiduras para crear un decorado fervoroso y humanizado.

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Modesto Ruiz de Quero por los cuatro puntos cardinales de Porcuna, y en cada punto cardinal sintiéndose su presencia, la bien recibida, o la hurañamente permitida. El reclamador de los tesoros, el denunciador de los expolios, el que se creaba enemigos con placer, porque no había otra forma de rescatar el ayer de Porcuna que crearse enemigos. El que echaba en cara monedas, estelas, esculturas, cerámicas, exvotos, con tal de que no se perdieran para siempre. El que clamaba para que el único coleccionismo razonable fuera el coleccionismo compartido. El que no se achantaba ante nadie y decía las cosas claras y a viva voz con tal de ser todo Porcuna.

Modesto Ruiz de Quero en las obras sociales creando junto a Manolita Garrido, Manuel Salas y Pablo Millán la “Asociación Asistencial San Benito”, aquella primera Residencia de ancianos de la calle Salas, primer eslabón para crear la dignidad de la vejez atendida en buenas manos.

Y todo desde esa cosa tan difícil del altruismo, la voluntad, el humanismo y la cultura, para la cultura y el humanismo. Modesto Ruiz de Quero aporreando su negra máquina de escribir mandando cartas a quien hubiera que mandar cartas por tal de poner a su pueblo en su verdad y en su historia, ya fuera carta a un ministro o carta a un obispo.

Referencia cultural y social de la ciudad de Porcuna del siglo XX, el no héroe bélico, sino el héroe benefactor y trasgresor , y el señor educadísimo que cuando montaba en cólera seguía utilizando las palabras adecuadas y el gesto filantrópico y solidario. El charlador de los silencios más que de las tertulias, el caminador solo por el Paseo de Jesús contemplando los bosques de las rosas y los horizontes de la Creación, el que junto a su hermano Antonio y el arqueólogo Oswaldo movió la arqueología en Porcuna: esa triple alianza que consiguió que por primera vez se pudiera excavar científicamente en Porcuna, fuera del ostracismo de los encuentros casuales que siempre pasaban a las manos monetarias de los usurpadores. Aunque ya antes, Modesto Ruiz de Quero tuvo sus contactos con Rodolfo, aquel arqueólogo holandés que en sus visitas a Porcuna paraba por el Hotel Videla, y que había oído hablar de la riqueza arqueológica de Porcuna antes de que la Porcuna arqueológica asomara a la luz.

Referente cultural y patrimonial de Porcuna, su hombre orquesta, el cariñoso, el bromista, el chistoso en las largas tardes familiares alrededor de la fuente cuadrada en su casa compartida y siempre abierta de la calle Salas, la tan antigua, la tan hermosa, la tan invisible e imposible ya.

Y con todo, Modesto Ruiz de Quero, el hombre que no era muy sociable, el que estaba siempre como en silencio y alejado de los bullicios pachangueros, a pesar de lo tanto hablado, pero el que se recogía sobre sí mismo, creando o meditando una intimidad para luego lanzarla y hacerla de todos, y a través de ese recogimiento monacal crear la expansión, la expansión que no era su expansión, sino la expansión de Porcuna.

El hombre vital, Modesto Ruiz de Quero, incluso cuando ya sus años lo hacían caminar tan cansado. El que escribía cartas al obispado para exponer sus quejas sobre la liturgia y su punto de vista de cómo cantar las misas y cómo colocar los símbolos eclesiásticos. La persona amplia y multiplicada, poliédrica, y el hombre complejo, cultural y personalmente, el que se cubría con una capa, como hombre tímido, para no dejar salir todos sus misterios con todas sus intimidades. El hombre que daba de sí a los demás la virtud de su ilustración y luego se echaba la capa sobre sus hombros y se recogía en sí mismo para pasar desapercibido, o como si fuera un libro que se cierra, y a pesar de ser cerrado, se sigue contando cosas. El hombre con ideales aunque hubiera que callar los ideales. El que cargado de su topografía, junto a su hermano Antonio, le diseño su mapa y su catastro a Porcuna, a Lopera, a Arjona y a Higuera de Calatrava, contándonos el cuento de las geometrías, la poesía de las líneas, la metáfora de los asentamientos.

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Y con todo, la gente seguía sin entender a este hombre menudo que se enamoró de la Torre Nueva hasta hacerla su vida y su matrimonio, y hasta crearle su literatura, y que siempre soñó devolverle a la Torre toda su vieja amplitud ajardinada para enseñarla al pueblo de Porcuna como lo que ese espacio fue hasta el siglo XIX: el Paseo público de Porcuna.

Cuando el diecisiete de abril de mil novecientos noventa y siete, por delante de la Torre Nueva pasó el ataúd con el cuerpo ya sin vida de Modesto Ruiz de Quero, un lienzo pintado de negro por la Memoria de Obulco colgaba de sus piedras, al que el viento movía como diciendo adiós con la mano a ese hombre ejemplar que puso todos sus años, todos sus esfuerzos y muchos de sus saberes al servicio de la Historia y de la Memoria de Porcuna, todos comprendimos que se decía adiós al espíritu de la Eternidad.

La Torre tendió su lienzo pintado de negro luto, cuando la Sombra de Obulco ya era luz de campo santo, y la Torre gritó un llanto de novia con viudedad, como si fuera orfandad y una traición de Modesto dejarla tan en silencio aquel que tanto la hablara: la compañía sagrada que abriera su puerta un día para escribir la elegía de la batalla ganada.

Caballero de las hadas y de la triste figura, que abriste las cerraduras de las cavernas cerradas para sacar de la nada el viejo pleito medievo de una Torre, caballero, que fue tu Torre soñada, y de Porcuna su espada tendida al sol de la noche. Alfombra llena de voces, saco lleno de esperanzas. Templario por la Cruzada de los hechos porcuneros, te hicieron los alfareros la vasija a tu medida para dejar tus cenizas llenas de glorias y esfuerzos, y un nombre para los tiempos grabado en letras doradas.

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Señor de las algaradas, grito que grita en silencio, pero sin que pueda el viento borrar tu voz demandante. Le pusiste un diamante a la Porcuna de alpaca, y le clavaste una estaca al Drácula jerifalte sin dejar de abanicarte al aire de la Redonda. Fuiste presencia y fue sombra tu cuerpo multiplicado. Modesto por los cerrados y por los campos abiertos; mendicante soñoliento de los cuentos subterráneos, la Historia te dio un encargo, y cumpliste, caballero, y la Soledad del pueblo te abrió su mano de llanto para hacerla Viernes Santo y Día de Resurrección. Por la era de tu voz labra Porcuna sus años, y el azahar del naranjo te perfuma y te bendice. La Torre es tu dedo índice señalando a las estrellas; la Soledad de tus huellas te tiende su manto negro, para que tú, nazareno, te cubras como una sombra y en el canto de la alondra suene en la alondra tu voz hablándonos del amor entre una Torre de piedra y un topógrafo de niebla abrazado a una quimera: el sueño de un peregrino que saliéndose al camino donde no pasaba nadie, le abrió a Porcuna su sangre y su lugar en el Tiempo.

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

FOTOGRAFÍAS: ROSA RUIZ DE QUERO Y LUIS EMILIO VALLEJO