Un día o dos de mercadillo, he aquí la cuestión

Comienza el día de trabajo, los vendedores del mercadillo de Porcuna preparan sus puestos de venta de ropa, calzado, toallas, ropa interior o legumbres. Al rato, un hervidero de gente comienza a pasear arriba y abajo para encontrar “alguna ganga” o simplemente por entretenimiento.

Vive la vie en rose en Pastelería-Cafetería Rosa

Como cantaba la famosa intérprete francesa Édith Piaf en su canción La vie en rose a mediados del siglo XX sobre el amor a su hombre, Pastelería-Rosa también puede enamorarte con el exquisito sabor de su variedad de tartas, helados o pasteles para acompañar a tu café.

Arreglan un tramo de la carretera Porcuna-Valenzuela

La carretera Porcuna-Valenzuela ha sido adecuada en el último kilómetro hasta la llegada a la localidad cordobesa, el tramo en peor estado. De esta manera, han surtido efecto las presiones realizadas el pasado mes de junio por los dos ayuntamientos a la Junta de Andalucía.

Alegría del Llano celebra su 20º aniversario

'Siempre cantando por ti', título que el coro romero Alegría del Llano le daba a su segundo disco, fiel reflejo de toda una vida cantándole a la Virgen de Alharilla. El pasado sábado se reunieron todos los integrantes del coro, familiares y amigos para conmemorar su vigésimo aniversario.

La Virgen de Alharilla ya se encuentra en Porcuna

La patrona de Porcuna ya se encuentra entre las paredes de su nueva casa hasta mediados del mes de octubre. Eran las doce de la mañana del domingo cuando las campanas de la parroquia de de la Asunción repicaban anunciando que los patrones de Porcuna llegaban a su destino.

Acuerdan la supresión de un día de mercadillo

El pleno celebrado en el Ayuntamiento de la localidad acordó ayer la supresión de un día de mercadillo con los votos a favor del grupo popular y el andalucista, mientras que los socialistas se abstuvieron. La moción ha sido presentada por el portavoz andalucista, Francisco Javier Moreno.

23/8/2014

Todo está preparado para la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de Alharilla

La Virgen de Alharilla será hoy Coronada, hoy 23 de agosto, mucho tiempo es el que se lleva hablando de esta fecha y por fin ha llegado el día en el que Porcuna se engalana para hacer historia junto a su patrona. Mucho trabajo y esfuerzo son los dos ingredientes básicos que han compuesto este largo proceso, que empezó en primer lugar por la recogida de firmas por parte de la Cofradía Matriz, tal importancia tiene el hecho de hoy, que la devoción a la Virgen de Alharilla tenía que recibir el respaldo del pueblo, y de los pueblos colindantes. Por aquel entonces se veía muy lejana la fecha de la Coronación, cuando por fin, aprobaron el proyecto de la Cofradía. Todo llega, y hoy Porcuna está de enhorabuena, porque hoy coronan a su Patrona, la madre de todos los porcunenses.

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La Cofradía Matriz de la Virgen de Alharilla ultima todos los preparativos para este gran día, ya que han preparado un gran despliegue para que hoy todo salga a la perfección. En primer lugar se terminó en el día de ayer la decoración de la Carrera de Jesús, que ha sido decorada mediante un techo floral que cuenta con más de treinta mil flores blancas de papel, flores realizadas por muchas manos anónimas que no han parado de trabajar al lado de la cofradía.

Desde el fin de semana pasado mediante una grúa se han colocado dichas flores, atadas en postes también decorados con los colores del Vaticano, el blanco y el amarillo, estos postes cuentan también con unos focos que alumbrarán a su paso de vuelta a la Parroquia a la Virgen de Alharilla.

Seguidamente a principios de esta semana se empezó a construir el escenario que albergará la Coronación Canónica Pontificia, el cual mide algo más de dos metros. Un escenario que albergará en un pequeño altar a la Virgen de Alharilla que será subida al escenario por los anderos a través de una rampa habilitada para este hecho, y donde se encontrarán todos los curas junto con el obispo, que impartirán la misa del pontifical, además también de una coral procedente de Martos que será la encargada de cantar la misa, y el coro formado por los coros de Porcuna que cantará el himno de la Coronación al finalizar dicho acto.

En la noche del miércoles pasado se reunieron los anderos encargados de subir a la Virgen de Alharilla hasta su altar en el escenario, para ensayar así la maniobra que tendrán que hacer para postrar a la Virgen en dicho altar. Los anderos trasladaron las andas hasta la calzada del Paseo de Jesús y realizaron el mismo recorrido que harán el sábado al entrar en el recinto, ya que solo dispondrán de un pasillo por donde pasará todo el cortejo procesional, por lo que las dimensiones se reducen mucho a la hora de girar para tomar la rampa que da acceso al escenario. El ensayo fue satisfactorio, quedando todo organizado y dispuesto para el día de hoy. También los anderos ensayaron el protocolo a la hora de bajar del escenario.

Hoy es un día histórico para la Virgen de Alharilla y para el pueblo de Porcuna, y como tal nadie se lo quiere perder. Muestra de ellos son las cinco mil sillas que ocupan toda la calzada del Paseo de Jesús, y que fueron colocadas en la tarde de ayer, junto con las vallas que rodearán todo el recinto para seguridad de todos los presentes en la misa pontifical.

También en la tarde de ayer se prepararon las pantallas gigantes que emitirán en directo la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de Alharilla, para que los miles de devotos que se congregarán en la tarde noche de hoy en la calzada del Paseo de Jesús, no se pierdan ni un detalle de lo que será la Coronación de la Virgen. A su vez Canal 45 emitirá toda la Coronación en directo desde la salida de la Virgen de la Parroquia, pasando por la misa pontifical, y de nuevo hasta que llegue la Virgen a la Parroquia ya coronada para toda la provincia de Jaén y Córdoba.

Por último desde la Cofradía Matriz de la Virgen de Alharilla, recomiendan que todos los asistentes a la misa pontifical se encuentren sentados a las ocho de la tarde en sus asientos, para evitar aglomeraciones a la llegada de la Virgen y todo el cortejo procesional. La salida de la Virgen de Alharilla desde la Parroquia y todo el recorrido hasta llegar al altar en el Paseo de Jesús serán emitidos en las pantallas gigantes del recinto.

La Virgen de Alharilla con todo el cortejo procesional saldrá a las ocho de la tarde, en el que acompañarán a la virgen autoridades civiles y eclesiásticas, mantillas, camareras de la Virgen y anderos de la Patrona de Porcuna. El cortejo procesional será encabezado por la Banda de Tambores y Cornetas de Nuestra Señora de las Angustias y lo cerrará la Banda Municipal de música Ciudad de Porcuna. Todos pasarán por una gran alfombra de seiscientos metros que irá desde la Parroquia hasta el altar en la calzada del Paseo de Jesús.

Desde la Cofradía Matriz de la Virgen de Alharilla desean que todo el pueblo de Porcuna disfrute del día de hoy, y así lo hace saber a través de Francisco Chiachío, vocal de Comunicación de la Cofradía en declaraciones a Porcuna Digital “Mañana (por hoy) queremos que la gente disfrute mucho de este día, ya que la cofradía ha trabajado mucho para llegar hasta este gran momento. Y también que recen mucho porque todo salga bien y por la Virgen de Alharilla que es la razón de este gran día”.

FRANCISCO M. GARRIDO ROJAS / REDACCIÓN

Aforismos y pensamientos: Marcel Proust

Hablar de Marcel Proust es hacerlo de una de las máximas figuras de la literatura francesa del siglo veinte. No en vano su obra supuso una verdadera revolución en la narrativa, ya que logró situar al individuo como centro del universo, en el sentido de que a la novela le asigna la función de describir el mundo tal como se entiende subjetivamente, tal como se refleja en la conciencia individual.

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A pesar de lo indicado, resulta un tanto paradójico que ninguno de los tres grandes autores europeos del siglo pasado que innovaron la novela y la poesía recibiera el premio Nobel de Literatura. Me refiero al checo Franz Kafka (del que ya hemos hablado en esta sección), al propio Marcel Proust o al portugués Fernando Pessoa (que abordaremos más adelante). Sin embargo, lo recibieron otros que han quedado en el más absoluto olvido.

Brevemente, indicaría que Proust nació en París, en 1871, en el seno de la una familia judía acomodada, ya que su padre era un médico de alto prestigio y su madre una mujer de gran cultura. Su vida, no muy larga ya que su existencia llegó a los cincuenta y un años, estuvo marcada por su frágil salud, puesto que desde pequeño padeció de asma, y por su condición de homosexual. Fallece también en París el 18 de noviembre de 1922.

Su gran creación literaria es En busca del tiempo perdido, obra magna compuesta de siete libros. Los cuatro primeros (Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes I y II y Sodoma y Gomorra) vieron la luz en vida; los tres últimos (La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado) se publicaron tras fallecer el autor.

Puesto que la narrativa de Marcel Proust contiene numerosas reflexiones acerca del ser humano, el amor, los celos, el paso tiempo, los recuerdos, la fugacidad de la vida… he realizado una selección de máximas que aparecen en sus libros centrándome en los dos temas que fueron el núcleo de su pensamiento: el tiempo y la memoria.

Hemos de entender que los fragmentos seleccionados son extractos de obras narrativas (que cito junto a la página en la que se encuentra el párrafo extraído), por lo que las ideas del autor se expresan a través de un lenguaje literario que aparece, como no podía ser de otro modo, cargado de metáforas y otras figuras poéticas. Conviene, pues, leerlos pausadamente para recoger la riqueza de sus significados.

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“Cuando hemos pasado cierta edad, el alma del niño que fuimos y el alma de los muertos de los que surgimos vienen a lanzarnos a puñados sus riquezas y sus maleficios, pidiendo cooperar con los nuevos sentimientos que experimentamos y en los que, borrando sus antiguas efigies, los refundimos en una creación original”. (La prisionera, pág. 587).

“Nuestros recuerdos nos pertenecen, pero solo a la manera de aquellas propiedades que tienen pequeñas puertas ocultas que ni siquiera nosotros conocíamos y que algún vecino nos abre, de manera que, al menos por un lado por el que nunca habíamos entrado, nos encontramos de nuevo en casa”. (La fugitiva, pág. 76).

El ser humano (cada uno de nosotros) no puede entenderse sin los recuerdos que archiva en la memoria. Y dentro de esa memoria, la infancia es un territorio privilegiado en el que se mantienen intactas las huellas que dejó el paso del tiempo, pues son imágenes imborrables e inalterables que, de vez en cuando, asoman a nuestro presente.

Esos recuerdos, ocasionalmente, se encuentran impregnados de la evocación de los padres, como figuras con fuertes tintes emocionales, ya que son el origen de cada uno, al tiempo que marcaron el camino de la vida en los años iniciales.

Por otro lado, hay hechos pasados que permanecen ocultos, como olvidados, pero que nos pueden ser descubiertos y que, como nuevas puertas que dan acceso a nuestro pasado, nos conducen por veredas interiores antes inexploradas.

“Nuestro yo está hecho de la superposición de nuestros estados sucesivos. Pero esta superposición no es inmutable como la estratificación de una montaña. Perpetuamente se producen levantamientos que hacen aflorar a la superficie las capas antiguas”. (La fugitiva, pág. 125).

“Los días de antaño recubren poco a poco los que le precedieron y a su vez quedan sepultados por los que les siguen. Cada día de antaño ha quedado dispuesto en nosotros como en una inmensa biblioteca donde hubiera, entre los libros más viejos, un ejemplar que sin duda nadie irá a pedir jamás”. (La fugitiva, págs. 125).

“En nuestra memoria hallamos de todo; es una especie de farmacia, de laboratorio químico en el que uno, al azar, toma ora una droga calmante, ora un peligroso veneno”. (La prisionera, pág. 892).

La personalidad se construye al tiempo que vamos tomando decisiones que afectan a nuestras vidas. Es una especie de gran libro que escribimos, con más o menos acierto, día a día. Y sin que nosotros podamos remediarlo, todo aquello que contiene cada día transcurrido forma parte de ese gran volumen que es la memoria, en el que hay páginas y capítulos que desaparecen o se ocultan en las profundidades, pues no nos es posible almacenar tantos hechos acontecidos.

Por otro lado, los recuerdos no son meras imágenes que actualizamos en nuestra mente: algunos son agradables y placenteros, que nos hacen revivir buenos momentos que funcionan como calmantes, según Proust; otros, en cambio, nos traen al presente el dolor vivido, por lo que reaparece y se actualiza la amargura de una experiencia ya pasada.

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“El pasado no solo no es fugaz, es que no se mueve de sitio”. (El mundo de Guermantes II, pág. 711).

“Si nuestra vida es vagabunda, nuestra memoria es sedentaria”. (El tiempo recobrado, pág. 989)

“Ciertos recuerdos son como los amigos comunes: saben hacer reconciliaciones”. (El mundo de Guermantes II, pág. 452).

Cierto que las vivencias acaban convirtiéndose en imágenes de un gran archivo y que no es posible modificarlas: ahí permanecen como fotos o escenas inamovibles, como partes de esa historia íntima y personal que escribimos, pero de la que no podemos hacer modificaciones.

“Nuestro más justo y cruel castigo por el olvido total, tranquilo como el de los cementerios, con el que nos hemos alejado de aquellos que ya dejamos de amar, es que entrevemos este mismo olvido como inevitable referido a aquellos que aún amamos”. (La fugitiva, pág. 68).

El tiempo, tal como Proust apunta, borra las huellas de las personas a las que un tiempo se les amó, aun cuando se pensaba que eso no podría suceder nunca. Una vez que se ha atravesado esa experiencia, queda la sospecha que de nuevo ese olvido es posible en las personas a las que ahora se ama.

“Con adolescentes que duran un número suficiente de años es con lo que la vida hace ancianos”. (El tiempo recobrado, pág. 507).

“Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, solo permanecen aún largo tiempo, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor, como almas que recordaran, que esperaran, sobre la ruina de todo lo demás, que llevaran sin doblegarse, en su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo”. (Por el camino de Swann, pág. 46).

“El ser que yo seré después de mi muerte no tiene más razones de acordarse del hombre que soy desde mi nacimiento, de las que tiene este de acordarse de lo que fui antes de nacer”. (Sodoma y Gomorra, pág. 374).

Como toda obra, como todo relato, como toda novela, cualquier vida tiene un final. Ese niño que nace y que viene a renovar e iniciar una nueva historia, pasará por la adolescencia, se hará mayor, atravesará similares territorios a que los que le precedieron y llegará a la vejez. Es el ciclo de la vida.

Con una enorme carga de belleza poética, cuando todo ha desaparecido, Marcel Proust atribuye al olor y el sabor, dos de los grandes sentidos humanos, la pervivencia de los más nítidos recuerdos.

Inevitablemente, el ciclo que se inicia con el nacer se cierra con el fallecimiento. Sobre esto llama la atención que Proust, siendo creyente, haga la reflexión con la que cerramos este breve recorrido, en el sentido de que “la vida es un breve episodio entre dos grandes silencios”, tal como apuntó un poeta coetáneo suyo.

AURELIANO SÁINZ

22/8/2014

Porcuna se vuelca en la novena con motivo de la Coronación de la Virgen de Alharilla

Los actos con motivo de la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de Alharilla llegan a su fin un día antes de que la patrona de Porcuna sea coronada. Esta novena no ha sido como las demás que se celebran cada año en la ermita de Alharilla ya que ha sido partícipe todo el pueblo asistiendo en masa cada día a la Parroquia. Las nueve misas que anteceden a la novena han sido cantadas por los distintos coros de Porcuna. En lo que a la Eucaristía se refiere, numerosas han sido los curas que se han trasladado hasta la localidad para participar en estos actos religiosos. En estos días, la Virgen de Alharilla ha recibido numerosos regalos de sus devotos.

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La novena extraordinaria que ha acontecido en honor a la patrona de Porcuna, y que se ha realizado con motivo de la Coronación Canónica Pontificia del sábado comenzó el pasado día trece de agosto. Durante estos nueve días en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción se ha celebrado la Eucaristía a las nueve de la noche, para seguidamente realizar la novena a la Virgen de Alharilla. Numerosos han sido los fieles que se han desplazado cada noche durante estos días hasta la parroquia, ya que la iglesia ha estado llena por completo, incluso han tenido que utilizarse sillas de madera por los pasillos.

Esta novena no ha sido una más, y como tal así se ha querido reflejar con la participación de todos los coros de Porcuna, poniéndole voz y música cada noche a la misa pertinente, anterior a la novena. El Coro Parroquial ha disfrutado de tres días de novena, siendo dos días para el coro infantil y un día para el coro de adultos.

Los Coros Romeros de la Hermandad de Nuestra Señora de Alharilla y Alegría del Llano han cantado durante dos días. Un día más fue para el Coro Romero El Sentir Alharillero. Y por último la novedad en la misa que precedía a la novena ha sido la celebración de una misa flamenca, que cantaron por fandangos y seguidillas los paisanos de la localidad Andrés y Andrea.

Nueve días cargados de fe y devoción hacia la Virgen de Alharilla, por ello, sus devotos han querido regalarle numerosos enseres para que pueda lucirlos en el día de su Coronación. El Coro Romero Alegría del Llano ha regalado un rosario de oro, que fue bendecido por el párroco Jesús Millán y entregado a Librada Quero, presidenta de la Cofradía.

La Banda de Tambores y Cornetas de Nuestra Señora de las Angustias hizo entrega de un cuadro con un banderín de la banda, mientras sonó en la Parroquia una marcha musical de la banda. El Coro Romero El Sentir Alharillero obsequió a la Virgen con un broche de oro blanco. Por su parte, los Hermanos Mayores de la Virgen de Alharilla del año 2012, Luis Saco y su esposa, han tenido la deferencia de regalarle un relicario de oro a la Virgen.

El martes día 19, se presentó ante todos los devotos en la Parroquia las nuevas coronas de la Virgen y el Niño Jesús, el cetro y el rostrillo que la patrona de Porcuna llevará este sábado. Todo ha sido realizado con el oro donado por parte de la sociedad porcunense. El costo del trabajo de orfebrería de cada joya ha correspondido, en primer lugar, a la Cooperativa San Benito que ha corrido con los gastos de la Corona de la Virgen de Alharilla.

La del Niño Jesús ha sido donada por la Cofradía de San Benito. Por su parte, El Coro Romero de la Hermandad de Nuestra Señora de Alharilla ha colaborado con el cetro. Y en último lugar, el rostrillo ha sido una donación anónima. Así también los actuales Hermanos Mayores han regalado a la Virgen un broche de oro, también con el oro donado por los porcuenses, haciéndose cargo del trabajo de orfebrería.

La Virgen lucirá un nuevo manto

El sábado es un día muy especial para la Virgen de Alharilla y para el todo el pueblo, ya que es un día histórico que jamás se volverá a repetir, por ello la Virgen lucirá un manto blanco acompañado de su saya, también blanca. El manto ha sido obra de Paco Jiménez, un manto para el cual se ha utilizado el bordado en oro del manto azul celeste de la Virgen, muy deteriorado. La presentación del manto y la saya de la Virgen, y el vestido del Niño Jesús tuvieron lugar el pasado domingo en la misa de las doce de la mañana en la Parroquia.

La novena extraordinaria en honor a la Virgen de Alharilla pone así fin a más de un año de actos y eventos con motivo de la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de Alharilla, en el que el trabajo, el esfuerzo, la fe y la ilusión han marcado cada paso de la Cofradía Matriz.

FRANCISCO M. GARRIDO ROJAS / REDACCIÓN

El amor en los tiempos de la cólera

El amor es una tontería, se comenta en nuestra calle de los desahuciados. La palabra da grima, o miedo, o reparo, o risa, o cuesta dinero decirla impunemente. Aunque también se dice en la calle que demasiada gente está entonando el adiós mundo cruel con caras rotas por la desesperación y brazos caídos de derrota, solitarios sin querencias o a quienes los nuevos verdugos postmodernos les robaron, a golpe de cifra macroeconómica, la única querencia que tenían, aquella donde había un lecho que a batallas de amor, campos de plumas.

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¿Qué hago yo empezando un artículo con un tema tan inútil, tan fuera del tiempo, tan menos actual? ¿Hay algo más tonto que el amor? La verdad es que se me ocurre alguien más que algo y no tengo disculpas para hablar en un periódico del eterno dilema del adolescente cuando los cara de bobo (solo apariencia, no vayan a creerlos) no cesan de regalar a diestro y siniestro, más que abrazos y cariños, barajas de miserias.

El otro día, un amigo me daba la brasa con aquella horterada de The Beatles, que no paraba de pinchar en Youtube mientras comentábamos ante un par de coñacs que nos vamos a la huelga por amor. Yo no iré a la huelga por amor a la clase obrera, ni siquiera por amor propio. Iré por puro odio, estoy lleno de resentimiento, de rabia, de ganas de escupir a algún banquero en su tostada con foie de Las Landas o en su copa de Mouton Rotschild. Eso más o menos fue lo que le dije a mi amigo.

Pero mi amigo me miraba incrédulo. “¿Y tú me hablas así a mí, a mí que soy un paréntesis?”. Reconozco que me descalabró el sentido. Sin saber, había yo dado en la idiotez. Mi amigo, de tan entregado, me parecía que fantaseaba un delirio demasiado antiguo para ser tenido en cuenta. Pero no. Yo ya sabía que mi amigo era paréntesis, pero su mirada serena me dejó un interrogante.

Él, que había querido ser el hueco de un abrazo, que sabía que, como paréntesis que era, podían borrarlo con una goma de aroma a nata o tacharlo atropelladamente con un bolígrafo, con uno de esos bolígrafos chinos que trazan en espasmo y por eso hieren mucho más, había querido ser un abrazo, un beso furtivo en una esquina oscura, una caricia secreta en un baile de máscaras, una espera en la puerta de un café, una despedida en las escaleras del metro y una llamada a la hora de la merienda. Y mi amigo me miraba desafiante, mientras sonaba All you need is love, y el licor se hacía viejo en las manos cansadas.

Volví a casa paseando bajo la luz de las farolas y pensé, paso a paso, bajo esa luz pálida que queda cuando no hay sol, que acaso no es tonto hablar de amor (como mucho, arriesgado, concedo), que quizá ser un paréntesis no sea cómodo, pero que los valientes no esconden debilidades, no inventan retóricas para ocultar que no son inocentes, y sí, sí son tan deliciosamente tontos que da gloria verlos en un mundo de cínicos engreídos.

Nada me hará cambiar respecto a mi opinión sobre aquella vieja canción de The Beatles, en cambio, daría cualquier cosa por ver una manifestación a las puertas de la Moncloa en que la gente se comiera a besos. ¡Os vamos a matar de envidia! Y abrazar al desahuciado. Y abrazar al banquero (a este con brazos como espadas). Y morirnos de gusto de ser tontos.

La pregunta sigue en el aire, ¿si no hay pasión, qué queda? Mejor ser paréntesis que “hacer lo que hay que hacer”. Que no me mata que me bajen el sueldo, que me condena al infierno que no me dejen ser capaz de alguna sublime tontería. Porque han olvidado que el mundo está lleno de gente con brazos que no abrazan, iré a la huelga, los seguiré odiando por ello, pero buscaré una boca donde encontrar el cielo, mientras los desprecio por competir con su cabello de oro bruñido en vano.

JUAN CARLOS F. SERRATO

21/8/2014

Palmira Díaz Casado, los fogones y los servicios

En el verano de 1976 aparecieron las calaveras. En aquel verano tórrido y en el que Porcuna aún se dibujaba en su silueta y en su semblante de ser pueblo antiguo en blanco y negro, y a pesar de todo, tan colorista. Verano de emigrantes haciendo los recorridos de los árboles frutales franceses, en sus melocotones, en sus manzanas o en sus vendimias, verano de trillas sobre los campos amarillos y un polvo de parvas siempre suspendido por el aire como una nube de purpurina que picaba en los ojos, en las manos y en las espaldas, verano de forasteros en las visitas al pueblo para ver y sentir a los abuelos de las casas pequeñas para sustituir las duchas de los progresos por los baños en barreño o en pila, verano de las siestas en camastro y cortinones corridos para que no entraran las moscas ni el sopor de las horas quietas, o de colchones tendidos a las puertas de las casas para hacer fresquito el sueño de las noches, y verano de piscina verde y de olivos quietos en aquel verano de las calaveras.

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Fotografía: María de los Ángeles Fernández Garrote

Aparecieron las calaveras, mondas, lirondas y pulidas, y junto a ellas, aparecieron los fémures, las pelvis, las tibias, los peronés y los huesecillos de las manos como canicas para darles el toque de los dedos, y unas cuantas hormigas y lombrices de tierra entrando y saliendo de las cuencas vacías, como queriéndoles dar vida a esos ojos tan antiguos, tan vacíos, tan silenciosos, que miraban hacía las paredes queriendo encontrar, como bordadas o guardadas como caras fantasmas, las secuencias de aquellos su días y de aquellas sus labores, y hasta poder explicarse a ellas mismas aquel enterramiento en calle tan alejada de los campos santos del Señor.

En el verano de 1976, por la calle Sebastián de Porcuna, aparecieron las calaveras, dando la tierra a luz un extraño y desconocido cementerio donde nadie conocía ni presentía sus tumbas, ni reconocía del ayer aquellos rostros de huesos, extrañas sonrisas de dientes amarillos y un algo de miedo perfilado en sus frentes, escrito a buril o a cincel, y en tintas simpáticas siempre esperando el limón descodificador, que quizá intentaban decirnos muchas cosas con la muestra de sus símbolos antropológicos, imposibles de comprender por los humanos de a pie, mientras por la calle Llana, subiendo su cuesta hasta el encuentro con la calle Gitanos, el entierro de Miguel Corpas Huertas, muerto tan joven, tan campechano, tan sonriente, tan musical en el alegro de la calle Llana, cuando en ella, sonaban las coplas de su tocadiscos, avanzaba sus pasos y sus lloros, siendo la muerte no su cuerpo muerto, sino el irse despidiendo, a cada paso, del lugar de sus días.

En el verano de 1976, por la calle Sebastián de Porcuna, la aparición de las calaveras paralizó los rostros y paralizaron los trabajos del Paro Obrero. Porcuna estaba siendo abierta en canal como un cochino de matanza o como una gran excavación arqueológica para darle al pueblo el canal interno de las acometidas y las instalaciones del agua potable: ese mar por las casas y esos retretes con cortinillas a los que daba gusto echarles cubos de agua hasta descubrirles el verdadero color blanco de las porcelanas.

Por las Cuatro esquinas Porcuna abierta en sus entrañas y Porcuna veneciana y conectada en los puentecillos de tablas que iban de las casas a los centros de las calles abiertas, enseñándonos a ser equilibristas del circo de la modernidad y los adelantos necesarios y sublimes. Abiertas las calles en canal para ver nuestro pasado reencarnado en las sombras de los escombros, de las tierras y de las piedras saliendo a la luz del nuevo sol y que parecían voces de ultratumba o voces historiadoras radiografiando los pasados tan antiguos, que nos iban concediendo las viejas y parladoras señales de identidad. Calles abiertas en las entrañas de sus huellas pretéritas, cuando las calles estaban más bajitas y las casas parecían más altas aún siendo mínimas y abigarradas, como si fueran aún calles pompeyanas, calles de la Obulco pompeyana. Calles en sus arterias y en sus interiores y en sus tumbas, sacando tierras, sacando piedras, y hasta espíritus antepasados, y metiendo tubos de cemento y tuberías de cobre, mientras, extrañas, e invisibles y encontradas o aparecidas aguas, cerraron las fuentes de los Llanetes, comenzando a cantar las marítimas soñolencias de las aguas multiplicadas, a las que sólo les faltaban sus peces multiplicados para llegar a ser aguas bautismales del río Jordán.

Abriendo calles y destrozando calles. Inaugurando calles nuevas y desfigurando las calles en sus siglos de aceras con losetas de piedras areniscas, y tendidas con adoquines y escalones gigantes donde crecían las hierbas del otoño y tejían los hormigos civileros sus caminos trajineros y laborales. Calles que ya no serían nunca más, las calles medievales con su cosa rústica y su cosa regia. Calles que ya no serían nunca más calles de pueblo sino calles de cemento de ciudad preparadas para el avecinado futuro de los coches y las alturas de los tacones de aguja, aquellos que se quedaban incrustados entre las rendijas de los adoquines y que hacían exclamar a las jovencitas forasteras de las ciudades sus más ásperas palabrotas.

Por las calles, el ingeniero Pedro, el del piso alquilado por la calle Torrubia, donde Encarna del Pino Lara barría y fregaba los suelos, guisaba los guisos y lavaba las ropas, mientras el don Pedro ingeniero se dedicaba a levantar las calles para traernos las modernidades de los asuntos básicos, sin saber que, a la vez que nos ponía al día en nuestras esenciales necesidades, nos iba dejando sin pasado y casi sin sueños de calles compartidas; y aquellos tres días sin luz en aquella Porcuna de verano, con las calles abiertas y a oscuras y las vecindades tendidas en las calles a la sola luz de las estrellas y una luna débil que apenas alumbraba lo socorrido de las conversaciones en que los rostros paseaban sus misterios y los niños jugábamos al juego del escondite, más escondido que nunca, donde, en lugar de encontrar cuerpos en sus escondrijos de los portales y los patines, aprendíamos a buscar y encontrar fantasmas, y donde todo llevaba un nombre extraño y una forma de existir, pasajera en sus tres noches oscurísimas, que bien hablaba de la oscuridad de los cortijos donde tantas cosas se contaban a la sola luz de la noche quieta y al solo brillar de las luciérnagas sobre los olivos.

Era, efectivamente, en el verano de 1976, cuando aparecieron las calaveras por la calle Sebastián de Porcuna, sacadas de ese extraño y desconocido cementerio de la calle abierta para las nuevas acometidas, y parecía la calle una fosa común de alguna guerra pasada, cercana o pretérita, pero, a saber de qué guerra hablaban esas calaveras, y a saber de qué siglos, o quizá calaveras de alguna venganza personal, una mala querencia enterrada en las horas brujas de las noches quietas tras pasar el sereno Luis, y también tabernero por las Cuatro esquinas por los principios del siglo XX, padre de Palmira Díaz Casado, y esposo de la mama María de los nietos en sus faldas, la ronda nocturna de los candiles de petróleo, oyendo los ronquidos de los durmientes, apartando de una pelea a dos hombres a garrotazos o pidiendo decencia a dos enamorados que se querían mucho y que sólo sabían amarse en los besos tras las rejas de hierro.

Pero ahí estaban las calaveras, colocadas sobre los montículos de tierra de la calle Sebastián de Porcuna por donde la calle mediaba, brillantes como marfil de elefante u oros muy antiguos, pulidas por las tierras y bañadas por las aguas de las canales de las lluvias que tragaba la calle como si tuviera mucha sed. Ahí puestas las calaveras, y los huesos de los cuerpos desguazados; sobre los montículos de tierra, expuestos como para una exposición a la que sólo le hacían falta las vitrinas de cristal y los cartelitos mecanografiados con sus historias, mientras las gentes de la calle Sebastián de Porcuna las contemplaban admirativas y horrorizadas, a la vez que buscaban en sus memorias más antiguas, tan simples y tan austeras, tan esenciales, a algún desaparecido de algún tiempo pasado, aquel que estaba pero un día dejó de estar y nunca más de él se supo. La vecindad de la calle Sebastián de Porcuna miraba las calaveras y los huesos esparcidos y silenciosos: huesos de tierra, falanges de los dedos para impulsar las canicas, calaveras para patearlas y comenzar un partido de fútbol, o volverlas a enterrar para el descanso eterno interrumpido tan de repente, al ritmo de la excavadora, los martillos mecánicos y los azadones de las acequias.

La vecindad de la calle Sebastián de Porcuna cruzando por los puentecillos de tablas de sus casas para acercarse a las calaveras y encontrarlas parecidos:

-No sé, pero a mí me da la cosa que esa calavera se le parece a fulano de tal, que un día se fue y no vino, o si vino, se encerró y nunca lo echamos de menos, y hasta parecía…

-Todas las calaveras se parecen, Matilde, y ninguna guarda parecido con estampa, con estatua o con fotografía, mujer.

-Extraño cementerio puesto al día, por lo que, no es de extrañar, aunque paranormal sea, que por aquí aparezcan espíritus noctívagos, almas en pena rogando oraciones o presencias de santas compañas encendiendo las velas de las procesiones bosquimanas.

-Calla, calla y calla, buena mujer, que me estás poniendo los pelos de punta y voy a tener malos sueños para el resto de mis noches.

Las calaveras puestas ahí, con los fémures cruzados como si fueran el telón de fondo de una bandera pirata: la bandera pirata y blanca de la cal de las paredes; y las mujeres y los hombres mirando la duda pensante de las calaveras, que también parecían calaveras de escritorio ducal, o calaveras de consulta médica haciendo de pisapapeles: Bartolillo, Matilde la del estanco, los Calderones, la Calera comprobando el parecido de la roca de la cal con la cal de las calaveras, Sacra, Caridad, Elvira, Julia, Espiri, Benito, Cachuletos, Gronzones, Pajaricos y Malaspatas, y esos hombres del campo y de las tabernas queriendo contemplar, en las calaveras, las esculturas de roca de las pesadillas del vino:

-Igual son enterramiento romano, porque, para concurrido cementerio cristiano, pocas calaveras son.

-Al igual; pero yo juraría que esa calavera que me mira se parece a la cara de…

Sobre el alma de las calaveras de la calle Sebastián de Porcuna, el alma de las cosas que no se sabrían nunca, siendo sólo conjeturas de julepe y de acera con ganchillos, todas las palabras pronunciadas.

Vecindades de Sebastián de Porcuna contemplando las calaveras expuestas como escaparate de tienda de cosas esotéricas que hasta parecían despedir olores de inciensos.

Con las calaveras que en el verano de 1976 aparecieron en la zanja abierta de la calle Sebastián de Porcuna nunca se supo bien, o se supo mal, o se supo nada, qué se hizo con ellas, ni el a dónde fueron a parar, ni qué manos las salvaron o las volvieron a enterrar; si siguen bajo la calle y fueron tapadas por el cemento, si fueron llevadas al cementerio y enterradas en la fosa común de los ahorcados y otros suicidas, como los suicidas de los pozos, o los suicidas de venenos por amor, si fueron quemadas para devolverlas al polvo inaugural de las concepciones maritales, si fueron a adornar despachos utilizándolas como adornos de calidad y antigüedad, o a laboratorios científicos o arqueológicos para datarlas y darlas vida en no se sabe qué tiempos y en qué siglos, o se esconden en el curioso secreter donde se guardan las cosas que no han de saberse jamás. Pero las calaveras estuvieron ahí expuestas hasta la llegada de las autoridades civiles, judiciales, militares y eclesiásticas, recibidas sin pompa y sin trompetería, por una calle expectante, curiosa y asustada, mientras los niños de las permanencias de doña Clementina, avisados por el suceso y que salimos corriendo para ver el acontecimiento sin que doña Clementina pusiera orden ni concierto en nuestro desorden, nuestro desconcierto y nuestra escapada, contemplábamos por primera vez, y quizá por única vez, la excelencia de la muerte desnudándolo todo, y descorriendo el telón del escenario de la vida para representar el final de la comedia o el principio del drama y los augurios de la vida eterna ya sin cuerpo y sólo alma, quizá también el final del drama y mejor explicado todo, que todos los libros de texto donde se explicaba la naturaleza y el cuerpo humano. En esto que, por la calle, bajando la esquina bifurcadora de la calle la Palma, después de sus faenas culinarias en las escuelas de San Francisco, entraba la señora Palmira Díaz Casado, con un dedo vendado por una herida de cuchillo que le dejo al aire un hueso color marfil, tan parecido o igual, que el color marfil de las calaveras:

-¡Madre del amor hermoso! ¿Acaso la calle se ha convertido en cementerio?

-Palmira, unas calaveras y otros huesos que han aparecido, así por las buenas, y a las buenas de Dios.

-Si ya decía yo que no había que remover mucho la tierra, que dentro de ella están las otras cosas, las cosas incomprensibles; que a la tierra hay que dejarla en paz con sus cosas interiores, que luego pasa lo que pasa; y ahora qué: más misterios para ya tantos misterios, ¡Ay, mi calle Sebastián de Porcuna de adoquines!

-A veces, de noche, se veían como fosforescencias claras saliendo de las rajas de hierba de los adoquines, y un olor como de pasado queriendo abrir la boca y pidiendo muchos oídos, Palmira.

-Serían luciérnagas haciendo sus nidos o sus amoríos, insectos fosforescentes y alados recorriendo las calles en sus silencios nocturnos.

-Las luciérnagas son de los árboles, Palmira.

- ¡A saber de donde son las luciérnagas! Pues también las calaveras son de los cementerios y mira tú donde han venido a aparecer.

***

Palmira Díaz Casado venía de aquellas numerosísimas familias de los matrimonios de antaño, con su media docena de hijos, cuanto menos, agricultores o sirvientes, acostumbrados a las fatigas y a las escaseces de aquellos tiempos tan inaugurales en sus siglos, donde el lujo más necesario era un pedazo de pan y un sorbo de agua, y a lo más, un huertecillo con cuatro hierbas, un corral con cuatro gallinas y unos cuantos jornales de trillas, algodones o aceitunas, y una pequeña choza donde no entraran las lluvias, unos jergones de paja o de farfolla con las ásperas y blancas sábanas, donde los vástagos dormían de dos en dos o de tres en tres, apelotonados como pájaros en sus nidos, haciéndose los espacios a codazos o a mordiscos, o un sueño rápido que los despertara de la incomodidad lo más tarde posible, mientras los padres seguían creando hijos y dibujando suspiros que a penas se escuchaban, como si se amaran sellándose las bocas con pellizcos de plastilina.

Las necesidades de los años hacían que los hijos se fueran alejando de un lado para otro, si varones eran, se colocaban a los varones en el ámbito y en la alcancía rural de los cortijos, donde todos los jornales eran jornales de mantenimiento para el yantar de los infantes pelones y harapientos, un quitarse unas bocas de en medio, pues, en el antes del ayer, donde comían dos a penas podían comer tres, y menos nueve o diez. Si eran hembras, a las niñas hembras se las colocaban en las casas de los señores para el aseo de las grandes casonas blasonadas y elegantes, o las casillas con ínfulas y maneras del buen vivir, donde se aprendía más pronto a decir, sí señora o sí señor, antes que un murmurar tengo un hambre y una sed urgentes, pues, el temor del hambre sólo podía existir en las gentes bien comidas y mejor servidas, y todo lo más era un sufrimiento de estómago y un aguantarse las ganas para cuando llegara la hora, siempre tardía: una música de tripas tocando en sus acordeones que nunca llegaban a los grandes odios señoriales.

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Fotografía: María de los Ángeles Fernández Garrote

Palmira Díaz Casado, era de aquella clases de niñas de los años veinte del siglo XX, a la que no le quedó más remedio que crecer de golpe y a palos de conciencia, aumentar de tamaño y de hechuras, hacerse mujer mucho antes de tiempo, para pasar de ser niña de juegos por las calles y de gramáticas en las escuelas, a ser niña de servir a señores, y así, no más pasar de ser niña de Primera Comunión, que era donde se le acababan las infancias a las niñas pobres, , la niña Palmira comenzó los servicios de las grandes casas ajenas y amplísimas, tocándole en suerte, pues todo era una especie de suerte, a veces, buena, y a veces , mala, en la casa del médico don José Vázquez, la señora doña Ángela, y las señoritas hembras tres: Amparito, Angelita y Mari Pili, primero como niñera de la primera hija del matrimonio señorial, pero, en el fondo, un estar en la casona para lo que hiciera falta y menester, que si un lavado, un fregado, un planchado, un cuentacuentos o una nana nocturna para dormir a la infanta en sus sábanas de seda y en su cunita de madera heredada del medievo con mucho brillo y con mucha historia. Allí, sirviendo en la casa de don José Vázquez, recogió cariño Palmira, y también buenas maneras y mejores atenciones, estómago lleno y unas cuantas perrasgordas para entregar en la casa de Luis “el sereno” y de mama María, para gastarlas en las comidas familiares o para echarlas en la hucha donde se guardaban los ahorros del ajuar de novia, familia que, como toda familia ambulante, en la Porcuna ambulante de las pobrerías, hubo de andar de casa en casa o de choza en choza hasta hallar el hogar definitivo, que era casi como un descanso eterno, sin lápidas y sin cipreses, ese hogar para toda la vida, el hogar para las vivencias, las convivencias y las reformas de los tiempos, y ya casada Palmira Díaz Casado con el Benito Garrote Rincón, el primer hogar, no más unas cámaras alquiladas por el Llanete Cagana, lo justo para una cama, para una mesa, un jergón por el suelo y una hornilla de carbón. Luego a la calle Las Hermosas, por donde Manolita “la Helaera”, en otro chamizo con otro techo y una luz de luna a la vista de las tejas, hasta el hogar definitivo de Sebastián de Porcuna, ya con los hijos nacidos: María de los Ángeles, Amparo y José Manuel; unos años pasados en Santiago de Calatrava para los asuntos laborales de Benito, trabajando en una panadería, haciendo oficios como recorriendo caminos, buscándose el agua y el pan donde el agua y el pan estuvieren, sin más atuendos que los únicos llevados sobre los cuerpos y en una maleta militar muchos recuerdos, y muchas nostalgias en el corazón, pero siempre con el lema de Palmira bordado en el lugar de las almas, donde se guardan los grandes ideales y las mejores secuencias y sentencias, también, quizá, las ausencias: “nosotros, hemos sío pobres, pero con brillico…”

Ya Palmira convertida en abuela Palmira, recogida en su silla, con los hijos y nietos alrededor haciéndole corona de jazmines y reverencias de agradecimientos tantos, y algún bisnieto ya, sin apenas hablar, pero todo oídos, Palmira contaba lo de aquellas escapadas de cuando servía en la casa de los señores, de don José Vázquez y señora hacía la Sierra Morena de Andújar, donde el doctor practicaba el arte de la cacería mayor de la escopeta, matando ciervos y jabalíes , mientras la señora Ángela oraba en los oratorios del monasterio y platicaba con la vecindad los privilegios de sus castas y los asuntos del pedigrí , y quizá concertaba una boda para alguna de sus tres hijas, poniendo dotes de esquela para firmar encima de la mesa, mientras sorbían el té, las bocas y los mosquitos.

En la gran casona señorial del Cerro del Cabezo, donde Palmira cuidaba de todos, de los chicos, de los grandes y de los medianos, de los propios y de los ajenos, siendo el alma de la casa y la mano de las virtudes del buen estar y el mejor reposar de los señores y allegados, y la presencia insustituible para el buen habitar por el caserón. Caserón con grandes puertas altas y grandes ventanas a lo largo de toda su fachada, donde, se decía, también pasaba y vivía el rey don Alfonso XIII en sus visitas de caza y esparcimientos lejos de las leyes primoriverianas de los palacios y de los gobiernos. Y en las tardes frescas de la serranía sin más bandolerismo que las escopetas de los cazadores, esas que se escuchaban a la distancia y que luego venían cargadas de carnes frescas, para comer en el instante o para salar para los después , la visita diaria a los monjes trinitarios que custodiaban y oraban el monasterio de la Morenita. Monjes que Palmira recordaba, viviendo en la miseria, siendo más que monjes trinitarios, monjes franciscanos en la pobreza del mendigar, monjes dados al mantenimiento de la caridad y que sólo comían lo que bien les llevaban los hacendados y los visitadores de la Virgen de la Cabeza; monjes que recordaba Palmira en sus hábitos viejos y remendados, harapientos y negros como monjes viejísimos y flageladores , llenos de cilicios, de pecados y de malos pensamientos, que enseñaban a los visitantes el monasterio, los túneles y las cuevas donde se guardaban los mantos y las sayas viejas muy usadas de la Virgen, llenas de polvo y de telarañas, pareciendo hacer más sagradas aún tan sagradas vestiduras procesionales: túneles y cuevas donde se refugiaran los monjes cuando la guerra civil llenó de bombas el Cerro del Cabezo.

Trabajadora de las casas ajenas de los señores adinerados, en el diario trajinar de la casa del médico don José Vázquez, y lavadora a mano en la casona de don Francisco Garrido, en las enormes pilas de piedra de los corrales, con las montañas de ropas sucias ocupando todos los espacios, lavadas con aquellos detergentes del ayer que pelaban las manos como si fueran lavadas con agua hirviendo, dejándolas en las venas y en esa cosa de la sangre que hacía de las manos pulcras, manos rojas sin huellas dactilares. Infinitud de ropas ondulando al aire secador de los tendederos abriendo escenarios por donde los olores de las rosas de antaño perfumaban las ropas limpias mientras el viento las mecía fantaseando los brillos de la luna.


Pero, la gran estampa y condición, dentro de sus muchas estampas y condiciones muchas, y el mejor recuerdo que se tiene de Palmira Díaz Casado: los mejores momentos de los trabajos muchos de Palmira Díaz Casado, por los que obtuvo su mejor cariño, que era sobre todo el cariño de los niños y de los mayores, cariños por los que paraban a Palmira por las calles para besarla de besos y de saludos, fue, cuando don Francisco Peña Alcalá, maestro en aquellas escuelas tan femeninas, con tantas aulas y con tantas niñas, se la llevó de cocinera a las escuelas de San Francisco, aquellas escuelas aún con su iglesia al lado, iglesia no más en su fachada donde los niños tirábamos perrillas de falso metal a la hornacina del santo sin cabeza, como una especie de encontrar milagros o de lograr atines. Iglesia derruida con los tejados abiertos, las vigas sonando y las piedras aún resistentes, como quien se resiste a morir del todo, sostenidas unas sobre otras guardando el equilibrio sagrado de los imposibles, y sostenidas por no se sabía qué mano, mientras por el interior del antiguo convento en ruinas, crecían las higueras salvajes, los jaramagos amarillos y las plantas del incienso despidiendo un armonioso olor sin jardinería. Iglesia con su casetita al lado, azul y techo de lata, donde Clara vendía sus mañaneras jeringas, dejando por la calle un olor a aceites hirviendo y un paladar en los labios de los que se recuerdan toda la vida.

Por las escuelas de San Francisco, Palmira encontró el acomodo definitivo de sus negocios, sus trabajos, sus apaños y sus tejemanejes culinarios. Palmira Díaz Casado en aquellas escuelas de San Francisco, con sus puertas verdes y sus grandes ventanas, y su patio de tierra donde fotografiaban a los niños en sus indumentarias abstractas, y su gran morera por donde subían los tarzanes de los pantalones cortos y las gafas de aumento para lanzar las moras ya en sus azúcares deliciosos y en sus manchas sin quitanzas y recolectar las hojas para alimentar a los gusanos de seda de las mariposas blancas, que se guardaban en los bolsillos junto a los tiradores, las chinas, las chapas de las botellas de cerveza, los santicos de las cajetas de mixtos y las bolicas de barro.

Unas escuelas con sus maestras de siempre; esas maestras de siempre, serías y sabias en sus enseñanzas, y sobrias en sus ropas negras y en sus abrigos tan alzados y tan tobilleros, y en sus decencias de confesionario, que enseñaban las gramáticas y los números a las niñas de las trenzas. El mundo enseñante de los nombres femeninos: doña Lolita Peralta, doña Iluminada Millán, doña Consuelo Peralta, doña Paquita Hernández, doña Pepita García, doña Encarnita Millán, doña Dolores Fernández, doña Gracia Toro, doña Rocío Pulido y doña Genoveva Dacosta. El mundo de las doñas enseñando oraciones gramaticales y oraciones eclesiásticas, y orden de bordados y cosidos con aguja para hacer de las niñas las regaladas amas de casa para el sostén de los maridos agricultores y los hogares bullangueros de los niños con chupetes y con remiendos: santísimas señoras de los hogares futuros en sus quehaceres femeninos, no solo para la letra, sino para el laboreo de los ajuares casaderos.

La academia de las doñas, de las grandes enseñadoras de las niñas de Porcuna, las recordadas maestras del ayer, nacionales, confesadoras, confesionales y decentes, promulgadoras del amor materno sobre todos los amores y amoríos y las esencias del nacional catolicismo pregonado por las aulas católicas, lo suficiente, para salir adelante hacia el mundo de las cosas alfabetas y de los asuntos laborales femeninos. Las populosas maestras de las escuelas de San Francisco, las retratadas bajo la sombra del porche de la escuela de don Clemente, aquella escuela de don Clemente por donde andaban los niños de párvulos aprendiendo a deletrear o encarrilar sin respiro, aquello del “mi mamá me mima”, y donde se cantaban los números de las sumas y las multiplicaciones, los viejos reyes Godos tan olvidados y resucitados de golpe, los ríos y los valles del mapa de España y los rezos del catecismo como una coral de iglesia decentemente patria, mientras don Clemente dibujaba sobre la pizarra negra los armoniosos, nacionales y realistas retratos de Franco y de José Antonio, para que los niños pelones aprendieran patriotismo del bueno, y no del impostado y felón, en sus esencias más visigodas, más conquistadoras y más imperialistas de aquel imperio perdido y despilfarrado, y aún más realistas aún sus dibujos de las morcillas y las ristras de chorizos, esas cosas de las matanzas expuestas sobre la pizarra y que parecían tan comestibles, como comestibles eran las castañas que los niños llevábamos a don Clemente, aquellas castañas que don Clemente ponía sobre el brasero para asarlas, y que, mientras don Clemente echaba sus siestas diarias apoyada su gran cabeza sobre la mesa de madera, que pasaba a ser ya, mesa con dos grandes cabezas, la de don Clemente y la de la bola del mundo, los niños las robábamos para volver a las manos que se las dieran al maestro, pero yendo ya a parar, más que a los bolsillos de los pantalones a los grandes y amplios bolsillos de las bocas. No todos, que no todos éramos capaces de robarle a don Clemente las castañas asadas, sino los niños más valientes y los más atrevidos, aquellos niños que solían criarse por el Comero o por la Ronda Marconi: esos barrios aguerridos y valerosos. Y a la puerta del aula, su huertecillo con sus pencas, sus habas y sus lechugas, y en donde don Clemente nos convertía en niños agricultores de huerta para un futuro de niños aceituneros, quizá, la enseñanza más necesitada y la única verdadera, y donde los niños nos sentíamos más agusto y menos aburridos, aprobando la lección de los trabajos manuales.

Palmira Díaz Casado, en la cocina de las escuelas de San Francisco desde las primeras horas de la mañana, trajinando en los avíos para los calderos, por el edificio nuevo que a tal menester de la cocina y el comedor se construyó por el patio-recreo de las escuelas, edificio de una sola planta con su hilera de altos y espaciosos ventanales, dando sus puertas verdes al gran comedor acondicionado para tales menesteres del condumio escolar y maestril , una cocina chiquita, como si fuera cocina de juguete, donde más que cocinar para un comedor, parecía Palmira cocinar para una casa de muñecas en los juegos de niñas, en el juego de las calles, las cuadras y los corrales de las casas. Una cocina, que, en el fondo, no era más que dos grandes pollos, y no pollos de carne, pintados de cal, donde Palmira ejercía de cocinera los días laborables de las aulas alumnadas.

Un gas de pollo, ancho, donde Palmira subía las grandes ollas de aluminio, de esas que duraban toda la vida y hacían los guisos más exquisitos: ollas de convento o de cocina de cuartel, ollas de familia numerosa a las que se le juntaban catorce o quince comensales; peroles, sartenes, cacerolas, cazos y la olla exprés donde se aligeraban las horas y salían, tiernos en sus harinas, los garbanzos de los cocidos porcuneros, que en no mucho tienen que ver con los cocidos de otros lugares y de otras costumbres. Y por las paredes, colgadas de sus clavos, las paletas, los cazos, los cucharones, los escurridores, las espumaderas, los cuchillos y los trapos de mano. El cuchitril cocinero donde Palmira Díaz Casado guisaba los mejores manjares, los tradicionales manjares de los hogares con tantas gentes, los ancestrales potajes heredados de las bisabuelas de otras tantas bisabuelas más, elementales y sabrosos manjares de cuchara, que si el potaje de panezuelos, delicia porcunera, que si las papas en caldo, o el potaje de habas, las guitarras con berenjenas, la pepitoria de gallina y las patas y cuajás de cordero o de oveja, esos desperdicios de los carniceros que en tan exquisitos guisos daban, los emperejilaos de acelgas o de espinacas, con sus tostoncillos, sus ajos y su perejil bien machacados en el mortero musical de las músicas aldeanas por la señora Palmira: señora de su cocina y del buen mezclar de los condimentos.

En la bodeguilla de al lado de la cocina los platos y los vasos, cuchillos, tenedores y cucharas, servilletas y manteles, y los ingredientes necesarios para las ollas, todos ordenados en el orden de Palmira, que era Palmira de las que aprendieron que en el orden estaba el mejor trabajo, y por aquí tenía Palmira su saquejo de garbanzos, su saquejo de lentejas y su saquejo de habichuelas, sus cartuchos de arroz y su caja con patatas, sus cebollas y sus cartericas, y colgadas del techo, sus ristras de ajos, olorosos y espantadores de los vampiros de las fábulas rumanas y de otros cuentos vampirescos más.
Tempranera en su mañana amanecedora, Palmira se preparaba mentalmente el menú de cada día para las niñas trenceras de las aulas, en el mediodía de la multiplicación de los alimentos, y para alguna que otra maestra que al magistral olor que salía de la cocina dando a las clases magisterio de clases gastronómicas, gustaba entrar en ella para catar de Palmira, sus admirables y comentados guisos:

-Señora cocinera Palmira ¿Qué se cuece hoy en ese fogón? ¿Qué delicia nos tienes hoy preparada? Lo digo, por si comer aquí o comer en casa.

-Señora maestra doña Gracia Toro, de primero, hoy me estoy trajinando, y como plato principal, que es el plato que alimenta principalmente, y ese que abre el estómago a tiempo y casi siempre lo cierra por no poder tragar más, dejando el plato segundo en casi plato de adorno, o plato de ir hurgando con el tenedor sin saber si llevarse el bocado a la boca, a pesar de que me tenía pensadas unas papas en caldo, pero, como algo me decía que doña Gracia tenía ganas de comer hoy en el comedor de las niñas, y puesto que usted gusta de los cocidos, y tengo a remojo, desde ayer, unos buenos garbanzos de los sembradíos de Porcuna, pues me estoy haciendo un cocido de esos de chuparse los dedos hasta derretir el esmalte de uñas en la boca, como si el caldo fuera acetona, y que así, se está comío para todo el día, como si fuera el cocido migas de cortijo. Que aquí le tengo puesto ya, las carnes de pollo y de gallina, con sus patas escaldadas y limpias y sus crestas de gallo aún con su color de sangre, los huesos frescos y los huesos viejos, su tocino fresco con beta y su tocino añejo con su amarillo que tan buen gusto y caldo da, y como tenía cardillos que me trajo mi Benito de los lindones de los Granaillos bajos, pues, cardillos que le he puesto, y unas pocas patatas y mucho sudor de olla, así lentica, que prisas las pocas y las justas, para que todo salga tierno para el deguste de todo.

-No está nada mal, Palmira, para ir haciendo las ganas de comer.

-Y pa segundo- que es tontería pues el cocido es plato único, que se basta y se sobra para mantener un cuerpo las veinticuatro horas del día- si me llegan, tengo encargadas unas pocas de bacalaillas del puesto de Antonio, recién llegadas de la mar, y listas para hacerlas tajaicas, o ponerlas enteras tal cual, meterlas su sal, bañarlas de harina y a freírlas en el aceite de oliva hasta dejarlas crujientes por fuera y jugosas por dentro. Y si acaso no me llegan las bacalaillas, pues nada, que abro una lata de estas grandes de caballa, y caballa en aceite que te crió. Y su pan, su agua y su arroz con leche, así, meloso, como debe ser el arroz con leche, y su poquita de canela. Y para después calle y casa, y unas muy buenas tardes con los estómagos llenos.

-Pues vaya usted poniendo el plato en la mesa, Palmira, que me has puesto la gula a punto de pecado entregado a don Rafael Vallejos como entregando una ofrenda.

Por el comedor las largas mesas de formica, blancas, pulcras, lisas: espejos donde poner los ojos, donde Palmira iba poniendo aquellos platos de comedor de las escuelas de San Francisco, aquellos platos tan recordados por aquellas niñas de ayer que hoy se adornan de abuelas y como abuelas vagan en el recuerdo con añoranza de nostalgia, aquellos platos blancos con sus filicos pintados de azul y rojo donde la comida recién cocinada era manjar exquisito en todos los fundamentos, y al lado sus vasos de cristal transparente llenos del agua de las jarras, como cristales venidos de los mejores cristaleros; cuchillos, tenedores, cucharas- mucha cuchara para menos tenedor, como debía ser y era- y sus servilletas de cuadros, las que, tras los almuerzos, Palmira se llevaba a su casa para darlas su buena lavadora de pila y sol, o de pila y escarcha, y su buen planchado de plancha eléctrica, olvidados ya los tiempos de la plancha de hierro puesta a calentar en el chisco, que en Porcuna, solamente Gracia “la Cartulina” utilizó toda la vida, como toda la vida guisó en chisco, a pesar de tener en la primera cocina de su casa, su buena cocina de gas sin estrenar:

-Pero es que no me hago yo a esto del gas butano. Así que, chisco de palos, trébedes y el perol puesto sobre las ascuas.

Por la cocina de las escuelas de San Francisco transcurría la vida laboral de la cocinera Palmira, la de los bellos ojos serenos y profundos: ojos de abuela que miraban mucho y lánguido, ya fueran aún ojos jóvenes, ojos servidores como servidoras eran sus manos, trabajadoras, tradicionales, amasadoras del pan de los suyos y del pan de los demás; trajinadoras en los asuntos propios y en los asuntos ajenos; y su permanente negricana ondulada en caracoles amplios como blondas. Su presencia armoniosa, que no sólo daba armonía y buena vecindad, sino que creaba armonía para pasar los días estos de la vida en las mejores maneras posibles, en las mejor construidas. Humilde pero, como ella decía, con brillico, el brillico de la serenidad, las buenas maneras, y las cosas bien hechas, el brillico de la peseta ahorrada para el bien y buen sentir de la peseta. Alma señera y señora de la calle Sebastián de Porcuna, con sus puertas abiertas siempre para lo que fuera menester, que sólo había que descorrer el cortinón de su casa y decir “¡Palmira!”, para que Palmira dejara a la Palmira íntima, la de sus asuntos, la del reposo o el trajín de sus cosas, para ser la Palmira servicial del mundo de su calle, y del mundo de los suyos.

Palmira en sus bambos holgados y sus delantales estampados, en los arrechaques, los trajines y los avíos de la cocina y comedor de las escuelas de San Francisco. Con las ventanas abiertas para que salieran los humos, y, más que salir humos, salían alimentos bien cocinados, los de hacerse poco a poco, a su amor y a su templanza, en sus jugos o en sus salsas, que, las mujeres que bajaban de la Plaza de abastos con los cenachos medios de carnes, pescados y verduras, y se paraban a comprarle a Clara sus cartuchitos de jeringas, alzaban la cara hacía esas escuelas blancas y verdes, y abrían los olfatos para sentir los aromas de los guisos y potajes de Palmira cocinándose:

-Buenos avíos está preparándole Palmira hoy a las niñas…

Las niñas de las escuelas de San Francisco, a la hora del recreo, en lugar de ponerse a jugar a la comba, a las chanflas, a la goma, o al imaginario juego de las muñecas presentidas, burguesas e invisibles, se metían en la cocina de Palmira para echarle a Palmira una manecica, ayudando a Palmira a poner las largas mesas en sus arreglos para las comidas, y era para las niñas un juego de niñas grandes, donde se podía jugar a las casicas de verdad y a la verdad de las cocinas con sus alimentos. Y en la media hora del juego del recreo, le dejaban a Palmira las mesas de formica puestas, engalanadas para la hora del almuerzo del mediodía, el almuerzo que las niñas de las trenzas y los babys blancos esperaban impacientes, para, tras alimentar las cabezas, alimentar los estómagos, como bienes necesarios, y Palmira, en agradecimiento, le daba a las niñas peras de agua, galletas de coco, jícaras de chocolate y caramelos de colores, y esa sonrisa amable y atenta siempre que traspasando las paredes del salón comedor se abría a las gentes para entregarles el mundo de los aromas y de los sabores.

Unas decenas de niñas y unas cuantas maestras, quizá también don Clemente y el maestro Peña, don Francisco, ocupando el salón comedor, todas con las cucharas en las manos esperando el cocido o el arroz con chorizo y bacalao, y Palmira acarreando el gran perol de aluminio en sus bien pesados kilos guisados, y el cazo en la mano para ir llenando los platos que se le acercaban, después de haber rezado la oración de los alimentos bendecidos, y que se llenaban de humos y de olores, como los humos y los olores del hogar. Y cuando el silencio del trasiego del comedor se sentía como reposo nutricional, y todas las cucharas iban de los platos a las bocas, desde el umbral vigilador de la cocina, miraba Palmira a las niñas comer, con aquella sonrisa suya de boca cerrada, casi mueca de sonrisa, y así, se sentía la mujer más dichosa de la tierra, la madre nutricia, y la madre de todas esas trenzas, de todos esos babys y de todas esas bocas que en sus silencios hablaban como si fueran todo voces aclamadoras hacia Palmira, la cocinera, la mujer buena, amable, serena y tranquila, que ponía su sonrisa a los oídos y cantaba bajito las canciones tonadillas, mientras en el después de los almuerzos, fregaba vasos, platos, cucharas y tenedores mientras pensaba: “Mañana sábado, que no hay escuela, le tengo que dar una vueltecita de cal a estas paredes y a estos pollos que en cinco días de cocinar se me han puesto amarillos, con escoba y con brocha”. Y para antes de barrer y fregar los suelos coloraos, ya tenía Palmira la cal echada en agua, hirviendo en el volcán de la cubeta de metal, para encontrarse el lunes todo vestido de blanco, como una novia de armiño, subiendo o bajando las escalinatas de la Parroquia. “Y darle, también, una vueltecica de polvos coloraos al suelo de la cocina para que luzca curioso…”

Y cuando las últimas horas del mediodía sonaban en el reloj del Templo de las perrasgordas, Palmira echaba la llave a todo diciendo su “hasta mañana si Dios quiere”, que vaya si lo quería.

Que ese hasta mañana era la hora siguiente y estaba a la vuelta de la esquina de su casa, donde le esperaban los otros trabajos cotidianos, los trabajos de la casa del hogar, más cocina y más escoba, y más plancha y más camas y más sábanas, y en las horas libres que le dejaban sus ajetreadas existencias, en el patio con macetas o a la puerta de su casa en el rejunte de las vecinas, el trajín de los asuntos modistillas de las mujeres laborales y de sus casas, con el costurero bajo el brazo y el canastillo de vareta lleno de telas y de cenefas, de lanas, puntos y de ganchillos, de donde salían las puntas de encaje de las sábanas, las toallas, las colchas de hilo , los tapetes de rosetas, las mantelerías, los trapillos de las servilletas, y los tapabocas de los porrones. Y si aún quedaba tiempo, u otro ratico más, y antes de hacerle a la cama matrimonial el juego de los reposos, preparaba la Palmira nocturna la maravilla de los postres para que reposaran durante el sueño, y estuvieran listos y fríos para el desayuno: pestiños, roscos de fruta de sartén, de flores, o el roscón de olla tan popular en aquellos años cuando aún los hornos de las casas se daban como sorpresa, los borrachos de azúcar o los ricas mantas rellenas de flanín.

Pero a Palmira, la cocinera de las escuelas de San Francisco, también le llegaron sus años del jubileo de su jubilación, pero, en lugar de quedarse tranquila en su casa, como buena jubilada, a la que el descanso de sus años le llegaba como sueño, para pasar tranquilamente los muchos años que aún le quedaban por vivir- murió a los noventa y cuatro años rodeada de hijos, de nietos, bisnietos y amigos vecinos que la quisieron tanto- y por aquello de que: “a la casa siempre le viene bien arrimarle unas perrillas, por pocas que sean, porque siempre vienen bien, y nunca vienen mal”, y “con más años que un loro y algunas plumas estropeadas”, que dijera Julio Caro Baroja en una de sus muchas y maravillosas ocurrencias de filósofo llano y de antropólogo sutil, Palmira ayudaba en las bodas del salón de Paquito Ruiz, para echar los veranillos de los enlaces matrimoniales, siendo ya abuela cocinera a la que se le abrían los ojos cuando veía entrar a una novia de blanco al salón de bodas, tan jóvenes, tan lindas, tan risueñas, tan ilusionadas y enamoradas, mientras, por la cocina, y entre cantos de copla y trajín y zarandeo de cacharros, junto con Sole y Ángela la de Frasquito, “el de la luz”, y teniendo como camareros, y para lo que hiciera falta, a Manuel “el de la Matea”, Román “el Litri”, y Rafalito Anera, preparaba Palmira las comidas de cuchara: las albóndigas en caldo, la pepitoria de gallina con patatas y los medios pollos fritos, o los lomos mechados, violetes y flamenquines si la boda era de otro postín y otros reales. Y allí estaba Palmira y sus palmiras de al lado pelando pollos, hirviendo caldos y redondeando albóndigas, para, al final de la boda llamar los comensales a las cocineras y sacarlas en las volandas de los aplausos por la puerta grande de la cocina tradicional porcunera de la que Palmira fue embajadora ejemplar, de la que siempre se recordarán sus manos en los bulles de las viandas, y sus ojos admirables en la bonanza de sus buenas intenciones y sus mejores maneras de mujer luchadora desde el inicio de la cuna, como la calle Sebastián de Porcuna siempre echará de menos a esa buena vecina que cuando daba los buenos días en el barrido de su acera, levantaba de las gentes los ojos, como levantaron los albañiles de los suelos de la calle, aquellas calaveras de aquel verano de 1976, como queriendo mirarlo todo de nuevo, aunque fuera por última vez.

A Palmira, las cocinas le tendían sus blancuras, y Palmira en las mesuras de las antiguas campanas, le daba brillo a las almas de los alimentos regios. Palmira de los espejos, Palmira de las miradas. Cocinera en la alborada de los platos porcuneros, de los ancestros aquellos contados de boca en boca. Violetes de monja en toca, pepitorias de gallina, media almorzá de sardinas, guitarras y panezuelos. El olor de los pucheros saliendo por San Francisco: la lección del laberinto de los perfumes sagrados. Cocinera de estofados y delicias alfareras. Beata de las calderas religiosas de los guisos. Mujer de los sanos vicios de tenedor y cuchara. Por aquí tu esencia pasa dibujándonos tu ausencia, como una losa que pesa su maravilla de pluma. Palmira, niña de brumas en las brumas alfonsinas. Lavando trapos y espinas, cuidando hijos y ahijadas. Voluntad de las que pasan la vida dejando signos y pausas, y un suspiro de nostalgia despertando los aromas. Lavadera de las ropas, cocinera de los caldos. Hacendosa de los sacros menesteres del hogar, a tu puerta siempre están las miradas de las gentes, preguntando a las silentes ventanicas de tu casa, donde se halla aquella danza que le bailaba a la puerta: las sillas de las aceras, las cestas de las costuras, las charlas en las oscuras nocturnidades del cielo. Si pasa un pájaro ciego, si asoma una sombra larga, si en el detrás de tu espalda la gente dice tu nombre, y al volverte le respondes, pepitorias y bordados. A la sombra de tus lados le crecen flores de cera, de una acera hacia otra acera para procesionarte santa, llena de lirios y malvas, y olorosa de bullidos; en este hoy de suspiros en que te visto de Estatua, recuerdo cuando pasaba por la puerta de tu casa, y te decía:”Palmira, qué será que cuando miras se me abren las semillas y se me brotan los trigos, se me embellecen los trinos y se me escriben los versos”.

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

Las Escuelas Deportivas disponen de una amplia oferta deportiva para esta temporada

Atletismo, natación, baloncesto, kárate, ciclismo, tenis y pádel. Estas serán las disciplinas deportivas que se impartirán desde el próximo mes de septiembre en las Escuelas Deportivas Municipales de la localidad. Por su parte, las categorías base de fútbol son gestionadas por el Atlético Porcuna y ya han empezado sus entrenamientos.

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Comienza la temporada deportiva 2014/2015 en las Escuelas Deportivas Municipales. Seis serán los deportes ofertados este año a los niños y niñas del municipio. A parte de los deportes más populares entre los jóvenes porcunenses como el pádel, la natación o el baloncesto, también tendrán la oportunidad de inscribirse en deportes minoritarios como el kárate, el atletismo, ciclismo o tenis.

Las inscripciones deberán formalizarse hasta el próximo 12 de septiembre acudiendo al centro cultural Julio Romero de Torres en horario de 9.30 a 14 horas. Además, la reunión informativa para todos los participantes en estas disciplinas deportivas será el 18 de septiembre a las 18.30 horas de la tarde en el Julio Romero de Torres. En ella se anunciará los días y horarios de todas las modalidades.

REDACCIÓN / PORCUNA DIGITAL

Las tontunas son para el verano

Tonterías y tontunas se dicen y se hacen todo el año. Pero quizás sea el verano, y en especial agosto, el mes más propicio para ello, como decía el recordado poeta Ángel González, que lo era tambien para el amor, aunque la primavera estuviera más prestigiada.

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Normalmente y si el verano es de los normales, que este después de los últimos años tiene de nuevo esas trazas, los partidos dejan una especie de declaradores de guardia que suelen ser los encargados de las “declaraciones”, esa prosa administrativa, entre espumosa y pedante, en la que chapotea desgraciadamente tanto ello como el periodismo, que alimenta sus titulares con el subgénero.

El verano pasado, Carlos Floriano por los unos, y Soraya Rodriguez por los otros, protagonizaron una confrontación sostenida de cuyos motivos y fundamentos, si los tenía, desde luego no se acuerda nadie, como a poco se borrará de la retina la propia imagen de la socialista a la que le quedan los mismos telediarios que al verano para que nos libremos de su oratoria, que creció proporcionalmente en agresividad e ineficacia, hasta convertirse en chillido. De hecho, ya le han dado el chitón y empiezan a aparecer los de Sánchez.

Pero hay que reconocerles que, y les damos por ello las más efusivas gracias, no están ni el engolado extremeño ni los novatos demasiado activos. Y se agradece. No saben cuánto.

Pero la tontería y la insensatez, como la Naturaleza, odia el vacío. Y ya ha salido un tropel a ocupar el hueco. Y el problema es que en España se tiene una inusitada tendencia a dar las mayores memeces y dislates categoría de pensamiento, o de sentimiento, que aún es peor porque contra eso no hay quien razone.

Y eso es lo que pretende el tal Rivero, presidente canario y candidato a ocupar el trono de los disparates separatistas, compitiendo con quien sea y dispuesto a dejar a los secesionistas catalanes en nada.

Viene don Paulino a aprovechar el nicho del que se retranquea Mas, don Arturo, un tanto desinflado y viendo cómo se apea del tigre que él mismo ha soltado, y con su padre politico, amén del natural propio y su propio DNI, viendo les alcanza esa cosa tan golosa pero tan fea cuando te pillan de los dineros esos que era España quien los robaba y ha resultado que va a resultar que España era el pseudónimo de Pujol en sus cuentas trapaceras y fugadas.

El canario está dispuesto a todo y tiene muy claro que su causa es que no busquen petróleo, que ni siquiera miren si puede haberlo. Aunque casi en el mismo lugar y a la misma distancia, unos 60 kilómetros de sus costas, lo estén buscando ya los marroquíes.

Da igual que da lo mismo, y que Canarias sea campeona de paro en ruda competencia con Andalucía, don Paulino tiene una causa. Reciente, pero que le vale. Antes, hace nada, él y sus ahora aliados socialistas eran partidarios de las prospecciones y hasta lo llevaban en sus programas, pero han encontrado bandera con la que envolverse al mismo tiempo que en la autonómica. Y, esa es la triste política, ya tienen agravio, discurso y carnaza.

Rivero lleva mucho tiempo apuntando maneras. La más usual y desvergonzada, la más hiriente, falsa y cuyo daño es tremendo para la convivencia entre españoles, es la de que las Canarias son tratadas como un “colonia”. O sea, lo de siempre, tan nauseabundo y tan mendaz pero eficaz y la mercancía con la que trapichean estos personajes y con la que alimentan odio para pescar en el río revuelto los votos.

La última astracanada ha sido amenzar con que “romperá” relaciones con Rajoy, con el presidente de España. No se sabe qué es eso, ni qué quiere decir con ello, porque en realidad no deja de ser una baladronada como la de pedir “mediación “ del rey Felipe.

O sea, pretender que el Rey se meta en lo que no debe, en política y encima defendiendo a quienes acusan a España de ser un atroz imperio que los tiene invadidos, sojuzgados y explotados, porque ellos son “colonia”.

A mediados de agosto, Rivero ha pegado un acelerón en su carrera al mayor despropósito del verano. Aunque puede que ayer se enfadara mucho con quien ha dado un salto desde el escenario a la charca, la señora Rosa María Sardá, la que salía –aunque no tanto como su hermano Javier– a todas horas por la tele.

Pues bien se ha despachado, puño en alto y a voz en grito, diciendo que los castellanos, o sea los españoles, según ella, se han dedicado a invadirlo todo. Que Galicia, País Vasco, Cataluña y Andalucía son países invadidos y víctimas de estos opresores. Como lo oyen, a sus 71 años, la enamorada de ZP y su cejijuntos.

Y gente así se supone e intitula como intelectuales. Puede que esta señora sea actriz, sí, pero analfabeta en historia, más todavía. Y, encima, seguro que ha cabreado a Rivero. Pero mujer, cómo no poner entre los conquistados a los “oprimidos” canarios. No sé a qué espera don Paulino para anunciar, ante tamaña ofensa, la ruptura inmediata de relaciones.

ANTONIO PÉREZ HENARES

20/8/2014

El centro de Porcuna se cerrará al tráfico el próximo sábado con motivo de la Coronación

El centro urbano de la localidad se cerrará al tráfico el próximo sábado, 23 de agosto, con motivo de la Coronación Canónico-Pontificia de la Virgen de Alharilla. Así lo ha anunciado la alcaldía mediante un bando en el que además insta al civismo de los porcunenses para una utilización mínima de cualquier vehículo durante esa jornada.

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La esperada gran afluencia de devotos de otras localidades el próximo sábado debido al acto religioso que se celebrará en la calzada del Paseo de Jesús para coronar a la patrona de Porcuna ha hecho que la Junta Local de Seguridad decidiera cortar diversas calles al tráfico “para descongestionar el tráfico rodado para un mayor disfrute del esperado acontecimiento”.

De esta manera, las calles cortadas durante todo el sábado serán la Carrera de Jesús, la calle San Cristóbal, la calle Castelar, Paseo de Jesús, la calle San José y la Plaza de Andalucía. Además, el bando de la Alcaldía recomienda a todos los propietarios de cocheras que guarden sus vehículos en ellas, a fin de dejar la calle lo más despejada posible.

Más de 10.000 personas

Porcuna reunirá el próximo sábado más de 10.000 personas, según las estimaciones oficiales, y para ello el Ayuntamiento ha preparado un dispositivo de seguridad acorde con tal magnitud de visitantes. Para ello, la Guardia Civil enviará seis patrullas, una para la mañana de ese día, dos por la tarde, y tres patrullas vigilarán la noche del sábado. A ello se les sumará una patrulla de la Policía Autonómica que controlará la seguridad del centro de Porcuna. Además, el Consistorio contratará a ochos efectivos de seguridad privada y contará con cuatro miembros de la Policía Local para que no surja ningún incidente.

Recordar también que está previsto que unos cien autobuses se desplacen el sábado hasta Porcuna. La zona habilitada para la descarga de pasajeros será el cruce conocido popularmente como ‘El Muro’, en la avenida Cardenal Cisneros. El aparcamiento para los autobuses estará ubicado a lo largo de esta avenida, junto con el polígono industrial. Otra de las medidas tomadas por la Junta de Seguridad para ese día ha sido el cierre del tráfico en el centro de Porcuna para evitar problemas debido a “la gran masa de gente que se desplazará”. Por su parte, efectivos de la Guardia Civil controlarán durante todo el día el acceso a la localidad por la Cruz Blanca.

Los servicios sanitarios también estarán presentes. Por ello, miembros de Protección Civil y Cruz Roja, junto con los servicios del Centro de Salud intentarán subsanar cualquier problema, como ‘golpes de calor’. Tanto Protección Civil como Cruz Roja contarán con sus ambulancias que estarán situadas en el Paseo de Jesús.

REDACCIÓN / PORCUNA DIGITAL

El pucherazo del más votado

Con menos de un año de antelación y ante la posibilidad cierta de que formaciones nuevas atraigan la confianza de los descontentos, descreídos y desencantados que suelen engrosar la abstención, el partido en el Poder, el que gobierna la Nación y la mayoría de las comunidades autónomas y ayuntamientos del país, decide cambiar las reglas del juego para obligar por ley que se designe alcalde al candidato de la lista municipal más votada en caso de que ninguna consiga mayoría absoluta.

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Puede parecer, en primera lectura, una iniciativa democrática, por cuanto el “mensaje” que pretende transmitir la propuesta es el de “respetar” la mayoría expresada en las urnas y dejar gobernar al que más votos obtenga en los próximos comicios locales de 2015. ¿De verdad es esa la intención?

Si así fuera, si fuera sincero el interés del Partido Popular por fortalecer y profundizar realmente los procedimientos democráticos que rigen esos sufragios, cualesquiera de los que se valen los ciudadanos para escoger a sus representantes no sólo en ciudades y pueblos, sino también en las comunidades autónomas o regiones y, por qué no, incluso en las Cortes Generales y el Gobierno de la Nación, hace tiempo, años o legislaturas que se habría promovido tal “mejora” que, en teoría, reproduce fielmente en escaños las preferencias del votante.

Pero existen dos datos que despiertan sospechas: primero, circunscribir la nueva norma sólo a la elección de alcaldes; segundo, la “coincidencia” de que, precisamente ahora y a toda prisa, se proponga tal modificación, a las puertas de unas elecciones que ya preparan los aparatos de los partidos, cuyas repercusiones alterarían todo el mapa político municipal, sin consenso ni deliberación entre todas las formaciones con representación parlamentaria e imponiéndola de manera urgente, vía decreto-ley (ya que no da tiempo para una ley de tramitación ordinaria), a fin de que la modificación electoral pueda aplicarse dentro de pocos meses, en las elecciones locales de 2015. ¿Por qué tantas prisas y por qué ahora?

Parece evidente –previa definitiva confirmación en las urnas– que el inesperado auge de Podemos, la novísima formación que acapara la confianza de los defraudados con los partidos que hasta ahora se alternaban en el Poder (PP y PSOE) y con esa izquierda testimonial (IU) que se conforma con las migajas del Sistema, sin cambiarlo, puede atraer el apoyo nada despreciable de los ciudadanos hasta convertirla en la tercera fuerza política en unas próximas elecciones.

Ya dio el “sorpasso” en las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo, en las que obtuvo cinco escaños en el Parlamento europeo gracias a más de 1,2 millones de votos y cerca del 8 por ciento de representación popular.

Con semejante “empuje” inicial, Podemos se prepara ahora para repetir la hazaña, con mayor contundencia, a escala municipal, promoviendo sin descanso, a través de las redes sociales, asambleas o círculos de simpatizantes en todas las ciudades con la intención de configurar propuestas y acuerdos que posibiliten presentar candidaturas, en solitario o en coalición, en todas ellas.

Incluso se está dotando de una “estructura” orgánica que, a pesar de sus críticas a las formaciones establecidas que tacha de “castas”, convierte a Podemos en otro partido que sólo se distingue de los demás por no emitir carnets de afiliado.

Y la mera posibilidad de que esta formación, derivada de las manifestaciones espontáneas de los indignaos del 15-M, pueda resultar eficaz para desbancar a la derecha del enorme Poder que atesora a escala local, hace temblar de inquietud al partido al que pertenecen los que sientan sus posaderas en las poltronas de alcaldías y diputaciones provinciales. ¿Cómo evitarlo?

Algún asesor demoscópico alumbró una idea, camuflada de prurito democrático: dejar gobernar al candidato de la lista más votada, al que encabeza la papeleta minoritaria más votada, prohibiendo que las restantes ofertas agrupen sus apoyos en torno a un candidato alternativo común, aunque sumen así, coaligados, votos suficientes para conformar una mayoría estable y legal.

Se pretende evitar que, con la irrupción de Podemos en el mapa municipal, las izquierdas puedan arrebatar el Poder que ahora detenta la derecha en la mayor parte de los municipios y diputaciones provinciales.

Un temor fundado ante la capacidad demostrada por la nueva formación de atraer el voto de los indecisos y frustrados con los “profesionales” de la política y sus interminables “chanchullos” de corrupción y abusos de poder.

Más que propiciar el gobierno del partido más votado, lo que se persigue la propuesta del Partido Popular es impedir la coalición de una oposición que, en su conjunto, es mayoritaria. Una posibilidad que ni el sistema electoral proporcional ni la Ley D'Hondt para el reparto de escaños puede contrarrestar.

Y ante ese probable panorama, la solución desesperada es la de impedir por ley que ello ocurra, obligando a proclamar “ganador” de los comicios al candidato de la lista minoritaria más votada, que corresponderá a alguno de los grandes partidos que conforman el bipartidismo que nuestro sistema electoral propugna y favorece.

De esta manera, estando el PSOE en sus horas más bajas con respecto a la confianza que despierta entre sus propios votantes y cuando el electorado de izquierdas se fragmenta en múltiples ofertas minoritarias, el PP, partido hegemónico de todo el espectro ideológico de la derecha española, podría conservar con esta iniciativa pseudodemocrática la mayor parte de su poder municipal, incluso si un número importante de ciudadanos le retiran su apoyo a causa de sus políticas de empobrecimiento de la población. ¿Es ello democrático?

La intención no es democrática, sino oportunista. Si realmente persiguiera un procedimiento más democrático de responder fielmente a la voluntad de los votantes, facultaría a los propios votantes a decidir en una segunda vuelta sus preferencias electorales entre candidatos a los que obligaría a consensuar nuevas ofertas mayoritarias.

Tampoco es democrática por cuanto pretende impedir por ley la coalición de partidos individualmente minoritarios, pero que agrupados podrían conformar una mayoría, para favorecer la opción minoritaria más votada.

Como dice Rosa María Artal, un 40 por ciento no es más que un 60 por ciento, aunque el 40 lo consiga un solo partido y el 60 esté conformado entre tres. No es democrático obstaculizar la formación de mayorías entre ofertas afines.

Todos los gobiernos, a cualquier nivel, tienen la posibilidad de conformar mayorías estables mediante la coalición de partidos. Es democrático y es legal. Pero hay que cambiar esta norma porque al PP le conviene con tal de conservar todo su Poder local.

Si esto no es un pucherazo electoral, con la excusa del más votado, que venga María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, a explicarlo. Ella es experta en cambios de reglas en la mitad del partido, como hizo en Castilla-La Mancha, donde es presidenta de la Junta, para disminuir el número de parlamentarios autónomos como método para perpetuarse en el Poder. Pero es otra historia.

DANIEL GUERRERO